Diario de León
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LUIS ARTIGUE
León

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Se levantó al despuntar el alba, hizo ejercicio en la cinta de esfuerzo, se miró maquinalmente en el espejo del baño, y, en vez de verse, creyó estar leyendo un párrafo borroso, surrealista, que apenas si tenía que ver con él. Se frotó los ojos, la cara, el miedo psicosomático y concluyó que tal súbita miopía selectiva se debía sólo al efecto de algún mal sueño de la noche no recordado al despertar.

Su mujer notó algo raro y le recomendó que, antes de irse, se cambiara de traje o de sonrisa.

Sus hijas, que no toman café porque les basta con esa otra droga legal que es la adolescencia, ni se fijaron casi.

La mañana transcurrió con su excitante vértigo -"la agenda, como un revolver, está siempre cargada-" y, aunque reparó en que sus compañeros y compañeras le miraban de modo diferente, así, sin atreverse a decir lo que pensaban, tampoco tuvo tiempo de albergar algo más que una diminuta sombra de inquietud.

Emitió una opinión y a su alrededor hicieron acopio de argumentos para defender esa opinión. Su secretaria le pasó un discurso que más bien parecía papel sobrante para envolver tocino ideológico.

Al llegar el televisado momento se subió al atril y, sin ápice de rubor, leyó el discurso con una gestualidad que apenas si se apartaba de lo que dice el manual en el capítulo catorce.

Lejos de su acostumbrada pasión razonada, de su celebrada sensibilidad política y poética, sorprendió a la concurrencia defendiendo así, como quien canta una misa funeral por el derecho y la legalidad, a un Premio Nobel de la Paz que en vez de la justicia legal practica la venganza al más puro estilo de los videojuegos (de paso defendió indirectamente a los soldados con fusil con eyaculación precoz como en una crítica periodística al cine bélico del director Sam Peckinpah).

Pero hete aquí que al poco, cuando alguien subió tras él al mismo atril, puso un poco cara de paciente de obstetricia mientras escuchaba: ¿Qué dice su señoría? ¿Que le parece bien que se aplique la pena de muerte a un presunto asesino sin juicio ni jurado ni abogado defensor? ¿Que celebra el terrorismo de estado porque el asesinado era qué? ¿De verdad es usted el que nos sacó de la guerra y se quedó sentado al paso de la bandera yanqui?

No le reconozco, terminó diciéndole su oponente dialéctico.

Yo tampoco -"pensó en el fondo él-" : mil perdones pero esta mañana me he despertado siendo el doble de mí mismo y por eso ando de pronto tan desorientado como el mundo.

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