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ANTONIO PAPELL
León

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La legalización de Bildu por el Constitucional, perfectamente previsible por elementales razones matemáticas (sólo hay un Aragón en el TC) tras extenderse la especie de que admitir a la izquierda abertzale en las elecciones del 22 de mayo era un designio progresista, ha abierto grietas, felizmente controladas de momento, entre los dos grandes partidos, pero también ha engendrado abismos en el interior del PSOE, cuya estrategia ha sido una vez más descabellada, como si alguna mano negra quisiera hundir al partido desde dentro.

En efecto, es lícita la sospecha, que ha agitado este pasado fin de semana algún medio digital, de que en la realidad Zapatero siempre ha estado alineado en este asunto con el presidente del PSE, Eguiguren, partidario convencido de que la izquierda abertzale vuelva a las instituciones, más que con el secretario general y actual lehendakari López, deseoso de preservar el actual statu quo para seguir mereciendo el apoyo de Basagoiti. Pero lo que no puede negarse es que Rubalcaba, hombre fuerte de este gobierno por voluntad de ZP, ha hecho cuanto ha podido para impedir la legalización de Sortu, primero, y de Bildu, después. Basta leer los fundamentos de las sentencias de la Sala Especial del 61 del Supremo sobre ambas formaciones para convencerse del ingente esfuerzo policial que Rubalcaba patrocinó y aportó a los tribunales para frustrar el deseo de los radicales.

Resulta, pues, evidente que ha habido dos estrategias diametralmente opuestas que han producido una gran deflagración al chocar entre ellas. No tiene sentido que Rubalcaba trabajase con tanto énfasis en la dirección en que lo ha hecho si al mismo tiempo Zapatero tenía ya garantías de que la realidad marcharía en sentido contrario, lo que le llevó a tranquilizar a Urkullu con el argumento de que este TC no iba a dejar fuera a Bildu de las elecciones. Lo surrealista del caso es, en fin, que este episodio pasará a la historia como un ejemplo de presiones espurias del poder ejecutivo sobre el Constitucional, cuando la realidad es más bien que Rubalcaba se estaba disparando un tiro en el pie mientras Zapatero, ya por encima del bien y del mal, continuaba flirteando con el PNV en pos de un apoyo que nadie sabe para qué sirve.

En definitiva, la proeza socialista ha sido una hilarante sinrazón. La pirueta de remar con gran energía a favor de la exclusión de la izquierda abertzale para conseguir en última instancia todo lo contrario ha puesto en ridículo al bastión más sólido que tenía el PSOE, Rubalcaba, y ha mermado todavía más las ya muy exiguas expectativas electorales socialistas, tanto el 22 de mayo como en las generales. Porque es bien evidente que, salvo en Euskadi, la inmensa mayoría de la opinión pública española -el 60% según una encuesta verosímil- estaba y está radicalmente en contra del retorno de Batasuna a los ayuntamientos y diputaciones en tanto ETA no se haya disuelto.

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