LA 5ª ESQUINA
La oración subordinada
Cuando era niño, mi abuela Felisa me enseñaba oraciones a la hora de dormir. En ese instante difícil, cuando las sombras nos traen malos presagios, aquella mujer extraordinaria me decía que en la oración estaba el antídoto contra el miedo a la oscuridad, a esa geografía tenebrosa que traerían los sueños. En esos momentos de zozobra infantil, el recitado en común de «cuatro esquinitas tiene mi cama, cuatro angelitos guardan mi alma», era el contrato con la mejor empresa de seguridad para proteger nuestro descanso nocturno en aquel piso del barrio de Flores del Sil, donde vivíamos. Mi abuela que, aunque maestra, no sabía mucho de la distorsión espacio-tiempo de la Teoría de la Relatividad de Einstein, era capaz -con su sentido de la vida-, de organizar la paz interior que uno necesita para afrontar el día siguiente. Por ello, tras recitar las consabidas oraciones, mi abuela concluía sus peticiones con el ferviente deseo de amanecer un día más: «Bendita la luz del día y el Señor que nos la envía. ¡Bendito el Niño Jesús, bendita Santa María!» Y tras aquellas afectuosas despedidas, como saben darse abuelos y nietos, nos deseábamos las buenas noches: ¡Hasta mañana, abuela! Y ella respondía, como lo hace hoy todavía mi madre: «¡Hasta mañana-¦ si Dios quiere!». Y Dios quiso, en su caso, hasta los 91 años.
De Dios se habló mucho en el acto de nombramiento de doctores honoris causa al economista Fabián Estapé y a David Álvarez, fundador del Grupo Eulen. Éste último bajó del cielo a lo terrenal de la mano de Séneca -al comienzo de su discurso, que tituló «Yo he cumplido»-, pues a decir del filósofo cordobés «la vida no importa que sea larga, sino que esté bien narrada». A sus ochenta y tantos años, el empresario encontraba acomodo a su reflexión vital en las palabras de Séneca, cuando argumentaba sobre lo difícil que es la ciencia del vivir, pues en la vida aprendemos cada día -casi siempre a palos- y, al final, lo más importante para el empresario era aprender a morir. La actitud de un sabio es estar preparado para la muerte sin temor, porque aquellos que no piensan en ella, cuando la tengan a las puertas, no sabrán que actitud tomar.
Hace mucho tiempo que no está mi abuela para recordarme aquellas oraciones, subordinadas para ella a la fe y en mi caso para evitar el miedo a la oscuridad, o a la vida misma, pues como decía Nietzsche «la vida es un manantial de goces; pero donde la canalla deja envenenadas las fuentes». Por eso mi abuela terminaba los rezos pidiendo a la Virgen que nos tapara con su manto «y nos librara de miedo y espanto». Amén... Había que hacer algo.