EL AULLIDO
Manolo
G losan los periódicos de forma cantarina y como encantados de salirse de la cosa electoral que Manolo Martínez, ese Sansón paisano, ese mozo provincial y olímpico, quedando bien con el dolor y con el honor va y se corta la coleta; el secreto de su fuerza: vamos, que se retira.
Tiene un cierto misticismo abrupto eso de que un forzudo ejemplar se retire, algo semejante a que, a partir de ahora, se dedicará al ejercicio espiritual de vivir la vida y reiventarla prescindiendo de aquello a lo que ha dedicado su talento, su disciplina, su brío, su personalidad, su entusiasmo... Se retira pues de la competición pero no del esfuerzo.
Para la historia de la desmesura y el reto quedan sus televisados lanzamientos con ojos de tigre cabreado, sus hazañas en estadios vibrantes como cerveza de barril recién echada, su apabullante sencillez capitaneando el batallón de los héroes de nuestra atlética selección natural del entrenamiento, la raza y no el dopping, sus medallas, sus entrevistas, sus enorgullecedores records y sus humanizantes derrotas.
Sí, se nos va castigado por el David del tiempo, que a todo Goliat vence, aquel cuya fuerza nos elevaba un poco el patrio orgullo provincial.
La verdad es que siempre nos ha resultado muy ajena la epopeya de aquellos en quienes hay una simetría entre el vivir y el competir, pero Manolo, cuerpo de luchador de sumo leonés, sensibilidad alegórica de la bella y la bestia, ha dedicado estos años a establecer contrastes y paralelismos para todos nosotros. Como cuando se puso a hacer escultura con sus enormes manos hechas para dar hostias y batir records, que tal vez sea lo mismo, y descubrimos su destreza y su paciencia levítica. Como cuando se dispuso a hacer cine tal vez para corroborarnos que un leonés tan olímpico y tan exento de los tics de la fama no podía ser real, sino sólo hecho de ese material del que están hechos los sueños. Como cuando se metió en política espoleado por la ideología y se encontró más solo que un chofer aparcando frente a un burdel, ahora se nos retira acaso reviviendo un poco eso tan frecuente en política: el sacrificio de los mejores.
Hay una serenidad en el decir de Manolo Martínez que desdice su aspecto, pero lo que cuenta ya es el decir, dimensión complementaria del ser según Lacan: lo que cuenta es su normalidad de clase media como predispuesta desde el principio al retiro y la tranquilidad.
Queremos desde aquí agradecer a Manolo que supiera llegar a la atlética y efémera gloria, pero gloria al fin y al cabo, y que supiera acercarnos a ella... Qué pena que, como Sansón, antes de retirarse de la política municipal no hubiera también arrancado una columna y derribado el tenderete entero a hostias.