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ANTONIO PAPELL
León

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La semana ha comenzado con una filtración previsible al menos desde las pasadas elecciones municipales y autonómicas: Moncloa y el Partido Socialista contemplan la posibilidad de que, en lugar de agotar la legislatura y celebrar las elecciones generales en marzo, los comicios se celebren en noviembre próximo. Es decir, habría una anticipación electoral estratégica de unos cuatro meses.

La idea es sumamente oportuna y responde a la demanda racional que han planteado muchos analistas en los últimos tiempos, al margen de intereses políticos concretos de los diferentes actores parlamentarios. Las elecciones del 22-M han tenido un resultado diáfano, que es también una descalificación clara de la mayoría política que ha gobernado hasta ahora. Ello ha generado una explicable sensación de fin de ciclo y una debilidad del Ejecutivo que el Gobierno y el grupo parlamentario que lo sostiene no pueden ignorar. En noviembre, además, deben estar completamente concluidas las reformas actualmente en tramitación en las Cortes.

Además, la celebración de las elecciones en noviembre evitará la compleja y poco razonable operación de preparar unos presupuestos generales del Estado para 2012 -una difícil empresa que resultaría sumamente embarazosa para las minorías- cuando todas las previsiones coinciden en pronosticar que será otra mayoría la que deberá gobernar el siguiente ejercicio. Igualmente se evitará, en su caso, una prórroga presupuestaria que los mercados no acogerían bien y que obligaría a un largo período de interinidad y de inconcreción económica.

Rodríguez Zapatero ha reiterado hasta hace poco que piensa agotar la legislatura, pero también ha dicho que hará lo mejor para España y para su partido, por este orden. Ya se ve que para el país, el efecto de esta pequeña anticipación puede ser positivo. Para el Partido Socialista, podría decirse en una primera aproximación que lo mejor sería distanciar todo lo posible las elecciones del 22-M, tan desastrosas para el PSOE, de las generales y dar tiempo a Rubalcaba para rodarse Sin embargo, también es razonable el análisis que pone de manifiesto que en noviembre la candidatura socialista podrá exhibir buenos datos de paro -el turismo estacional habrá reducido sensiblemente las bolsas de desempleo-, desde luego mejores que los de marzo. Además, se abreviará la extraña e incómoda situación de bicefalia, y Rubalcaba tendrá ocasión de mantener en tensión una campaña más breve pero más intensa que arrancará de hecho en la Conferencia Política de septiembre y desembocará en las propias elecciones pocas semanas después.

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El espectáculo de una legislatura languideciente, con una agonía demasiado larga, aumentaría con seguridad el clima de depresión y decadencia de este final de etapa, en que todavía no se ven las luces del final del túnel y la sociedad de este país reclama, entre otras cosas, su derecho a reaccionar.