LA SEMANA
España va a peor y algunos se ríen
E s así de triste. Los mercados internacionales imponen su ley y ahogan a los gobiernos. Italia se ha incorporado a los países con problemas financieros y liderazgo desprestigiado. Europa se refunda o entra en decadencia. Se aprecia país por país.
El miércoles se vivió en el Congreso de los Diputados un verdadero drama. Si no se convalidaba el decreto ley del Gobierno sobre negociación colectiva, a pocas horas de la cumbre europea, España podía hincar la rodilla. El desastre estaba a pocos votos y el Gobierno no los encontraba. Al PP parecía no importarle, desgraciadamente para el país, aunque varios diputados confesaban en privado que deseaban que el Gobierno evitara la tragedia. En el partido de Rajoy hay de todo: los que quieren que caiga Zapatero a cualquier precio y cuanto antes y los que están incómodos con esa posición porque les pesa su sentido de la responsabilidad, afortunadamente. Es triste: España va mal, acaso a peor, y bastantes se ríen. Algunos populares, la coalición Bildu y el PNV destacan en ese grupo heterogéneo. Josu Erkoreka, el portavoz peneuvista, escenificó ese esperpento: «Nunca me habían dado tanto por tan poco. Ja, ja». Algunos periodistas presentes lamentaron, ante aquella declaración, tener que guardar apariencia de neutralidad.
Así están las cosas. La mala gestión de Zapatero y su deseo de aguantar a cualquier precio y el ansia del PP por gobernar, nos llevan a riesgos extremos. No es extraño que los ciudadanos pidan seriedad en distintas versiones: unos en la calle, otros con declaraciones como la Fundación Everis y un tercer grupo, acaso el más numeroso, sin haber encontrado todavía el cauce para hacerlo.
Entretanto, la España post 22-M se deja sentir y aparecen nuevos líderes en el escenario, por ejemplo María Dolores Cospedal. Hasta ahora era muy importante porque Rajoy le había confiado la secretaría general del PP. Pero desde el 22-M, no puede toserle ni Esperanza Aguirre, ni Paco Camps y menos Javier Arenas, que todavía no ha ganado ninguna elección. La señora Cospedal marca tendencia. Peineta, himno y procesión del Corpus aparte, la nueva presidenta de Castilla La Mancha ha dejado en evidencia a la mitad de la clase política. A sus antecesores -”el inefable Barreda y Bono-” por tener una maraña burocrática clientelar que ella ha liquidado nada más llegar: de treinta y cinco delegados de la Junta en las cinco provincias manchegas ha pasado a cinco y así sucesivamente. Pero también a los suyos: Herrera, Camps, Aguirre, Valcárcel y el riojano Pedro Sanz tienen mucha grasa clientelar que eliminar de sus administraciones. En su toma de posesión en Toledo, el miércoles, quedó claro que goza de todo el apoyo de Rajoy y que no ha accedido al poder para administrar la decadencia autonómica sin inmutarse: «No podemos seguir con diecisiete ecosistemas separados que solo se asemejan en grandes cumbres de déficit y grandes ríos de burocracia».
Mientras, Rubalcaba atrapado entre sus cargos, su lealtad debida a Zapatero y el calendario en contra, busca resquicios para colocar mensajes tratando de reconciliarse con el electorado socialista desertor. Primero anuncia un sistema de formación tipo MIR para los profesores, que falta hace; después impone en el Consejo de Ministros la vuelta a los 120 kilometros por hora en las carreteras, decisión quizás inoportuna ahora pero antes muy desafortunada. En ambos asuntos el mensaje es claro: en el primer caso, «hay mucho por mejorar y podemos hacerlo desde el Gobierno», y en el segundo, «se acabaron las ocurrencias». Como lamenta un dirigente, buen amigo suyo: «Alfredo, está fastidiado porque le ha tocado lo peor, en el peor momento». Pero es perceptible que va articulando adhesiones de correligionarios. En el electorado está por ver.