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León

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Zapatero se va al más puro estilo Zapatero. Asumido hace ya mucho tiempo que iba a ser leal a sus principios y que no sería candidato por tercera vez - luego la realidad ni siquiera le hubiese dado esa posibilidad-, el presidente del Gobierno anunció un adelanto electoral que no sólo estaba en boca de todos, principalmente del PP, sino que era un anhelo de la ciudadanía. Se va de La Moncloa -"se irá-" tras desoir y negar durante dos tortuosos meses el estruendo de ese clamor y clavando una espina a la oposición al convocar las elecciones para el 20-N, algo que ha herido dolorosamente a un sector del PP, incluso más allá de lo razonable. Treinta y seis años después de que fuese tomado como referencia histórica debería ser un día cualquiera para él, puesto que con seguridad lo es para una gran mayoría de los españoles, ajenos a tan enrevesadas lecturas de una historia que ya no es memoria, salvo para el más provechoso aprendizaje.

Se va Zapatero arroyado por sus propias circunstancias, víctima de la realidad y azuzado por la dinámica absurda de la negación de una evidencia: la de que este país necesitaba derribar una valla para salir del callejón sin salida al que se vio abocado por una crisis mil veces rebatida y a la que en su origen quizá sea ajeno el Gobierno en la misma medida en la que es responsable de su gestión. O de la falta de pulso para afrontarla desde la suficiencia y la soledad de quien ha decidido no contar con la oposición para nada, por terca que sea.

Se va Zapatero -"adelanta su marcha, algo que reclamó este periódico a la luz de los resultados del 22-M-" dos meses después de que los españoles se lo pidiesen mayoritariamente y a gritos también en las urnas al pintar de azul un mapa convertido en representación de su evaluación de la labor del Gobierno y de la exigencia de un cambio en los ayuntamientos y las comunidades, sin duda arrastrados unos y otras por el efecto demoledor de la pasmosa quietud del revolucionario que se quedó sin argumentos para avivar la llama, sin fuerza para levantar la vista y sin aliento para justificar su fracaso ante el ya acallado susurro del «no nos falles» de aquella noche ilusionante del 14 de marzo.

Se va Zapatero cuestionado incluso en el partido al que hizo emerger desde el orgullo y como referencia difusa de un Gobierno desacreditado por su propia inacción, por la precipitada situación de interinidad y por la dualidad generada al señalar a su sucesor en Ferraz y candidato a La Moncloa. Víctima de la dictadura de los mercados, sumiso ante los líderes europeos y con un horizonte de casi cinco millones de parados, estimular la inversión, crear empleo y generar riqueza no parecen objetivos que se puedan alcanzar desde la duda y la provisionalidad, desde el breve plazo y la inseguridad, desde la absoluta desconfianza y desde una situación realmente asfixiante para todos a falta de cuatro meses para ver cumplido su segundo mandato.

Se va Zapatero y es lógico que haya decidido poner fin a su tiempo con una cierta discreción y sentido común, sin forzar la legislatura hasta el extremo y facilitando que quien gobierne en la siguiente lo haga con sus propios presupuestos y sin ataduras. Las reformas estructurales puestas en marcha y en las que tanto empeño personal había depositado quedarán concluidas en otoño. Parece razonable, pues, que las elecciones sean en noviembre, lo que significará que de hecho se habrá agotado la legislatura facilitando una transición tranquila hacia un nuevo ciclo político.

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Se va Zapatero, en fin, o debería irse, con el agradecimiento sincero de los leoneses por el generoso esfuerzo que en casi ocho años ha hecho por su provincia y por el innegable cariño que ha demostrado por esta tierra que volverá a acogerlo. Y es mejor que se marche sin valoraciones precipitadas y desde la prudencia que exige el tiempo: lo juzgará la historia y seguro que, como en casos precedentes, el futuro será más más justo con él que el presente.