RÍO ARRIBA
Hay que invadir Alemania
Todos esos expertos que escriben en las páginas salmón de los suplementos económicos, afirman que la solución a nuestros males estriba en que la pudiente Alemania tome con firmeza las riendas de la vieja Europa. Teóricamente, no me lo nieguen, suena un pelín amenazador. Las cosas han cambiado, desde luego, pero cuando veo a la señora Merkel y sus ministros me pregunto qué hicieron sus papás cuando el amigo Adolf imitaba a Charles Chaplin en la explanada del Reichstag. Al fin y al cabo, en términos históricos, eso sucedió hace poco. Sin embargo, no parece que nos queden muchas alternativas. Salvo que decidamos arremangarnos e intentemos ocupar estratégicamente los lander alemanes. No me refiero a que los legionarios tomen Berlín, aunque el ejército teutón ya no tenga nada que ver con el legendario Africakorps, sino a una invasión mucho más gregaria y pacífica. Algo tipo 15-M, con millones de parados vivaqueando en los bosques de Baviera, acompañados por hordas hambrientas de Grecia o Portugal. Imagínenselo por unos segundos; sólo unos segundos: todos allí congregados, ardientes y bulliciosos, devorando salchichas arrojadas por aviones de la Otan. Nada que ver con aquellos españoles que emigraban en grupos modestos, sin saber papa de alemán, con una maleta cargada de jamón y salchichones olorosos. Puestos a elegir un destino, yo propongo, por un prurito novelesco, los balnearios de Baden-Baden. En su casino jugó al blackjack James Stewart y por sus jardines pasea hoy en día la mafia más selecta del antiguo imperio soviético. Embalsamado y todo, Lenin debe estar a punto de mesarse los pelos tiesos de su barbilla. Mientras asistimos a los movimientos peristálticos de la Bolsa (¡la bolsa o la vida, exclamaban los cuatreros!), saturar los valles del Rin con parados españoles, tiene algo de eterno retorno, que diría Nietzsche. Nada de fletar ingenieros, sino gente moliente y corriente. A la espera de que cualquier día chapen las fronteras, nos queda esta somera oportunidad. Campos de indignados, distribuidos por los reductos prósperos de Europa, cantando Lili Marlen. Asentamientos inmensos de personas que, perdida su condición de consumidores, se limiten a tocar la pandereta y el organillo.