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Manuel Sánchez Rodríguez. Ex director del hotel Conde Luna, Temple y Cortes de León
León

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Al hacer balance de la campaña turística de verano se ha puesto de manifiesto el descenso de visitantes en León y provincia. Los hoteleros han bajado los precios en septiembre para tratar de incentivarlo, pero eso, con estar bien, es insuficiente. Para que alguien se interese por un producto y entre en juego el atractivo de un precio asequible, primero tiene que darse a conocer dicho producto. Lo que no existe en la mente del consumidor no tiene opciones de ser consumido —«nada puede ser querido que no haya sido conocido»—. Y en esto radica la mala administración que se está haciendo de nuestra potencial riqueza.

Para gestionar adecuadamente la promoción turística de una provincia se necesitan, al menos, tres condiciones: unidad, inversión y continuidad. Hay otras muchas, pero cito estas porque las considero imprescindibles y porque son las tres de las que carece León.

Hay que desterrar la idea de que cada uno vaya a lo suyo, compitiendo con el resto en tratar de arrebatar cuota turística. No es de recibo que tiremos el dinero en los distintos patronatos u organismos y en promociones individuales, que no son más que propaganda electoralista del partido que gobierna. Es necesario el trabajo en equipo, porque es lo más eficaz y porque así lo demandan los tiempos, para coordinar las diferentes ofertas provinciales y llevarlas juntas a todos los actos de promoción que sean necesarios. Los turoperadores tienen sus despachos llenos de ofertas y gustan de las que presentan visiones globales que puedan servirles para programar sus viajes y los clientes necesitan saber todo lo que pueden ver en una zona si quieren pasar varios días allí y no pueden estar recabando cientos de folletos.

La riqueza cultural, paisajística y gastronómica —que son nuestros mayores activos— es la propuesta que realizan todas las provincias interiores de España, además de otras muchas del litoral. Si queremos competir, deberemos invertir en la recuperación y conservación de nuestros monumentos y restos arqueológicos, poniendo en valor el factor diferencial que tenemos y dando mayor importancia a su relación con la Historia; una historia de la que debemos sentirnos orgullosos. En cuanto a la puesta en valor del paisaje, pasa por la recuperación de nuestros pueblos, que no será posible si no se facilita la vida en ellos. No puede haber desarrollo del turismo rural si lo que ofrecemos son campos abandonados que se llenan de maleza, hierba agostada, montes quemados o realmente intransitables y soledad e incuria a donde quiera que mires.

La continuidad de las programaciones de actos, celebraciones o tradiciones no puede estar sujeta a los cambios políticos. Todos sabemos que el 7 de julio es San Fermín y que en marzo son las Fallas. Esa continuidad en el tiempo les ha permitido dos cosas fundamentales: el perfeccionamiento de los festejos y su difusión progresiva, incluso a escala mundial. Ése es el camino que se debe seguir en todo aquello que se programe anualmente. Sólo así será tenido en cuenta por los turoperadores y conocido por el público.

Soy consciente de que todo lo dicho anteriormente supone una inversión económica, pero no tanta como a primera vista pudiera pensarse. Habría un ahorro en duplicidad de instituciones; se crearían puestos de trabajo para mantener la adecuación y limpieza de nuestros montes, que se vería compensado económicamente por el menor gasto en extinción de incendios; se facilitaría el retorno a los pueblos de muchas personas que no tienen posibilidad de encontrar empleo en las ciudades o de los nuevos jubilados a los que vivir en ellas les resultará imposible con la exigua paga que van a recibir. La recuperación de nuestro patrimonio cultural requerirá de unas inversiones, cuyo beneficio a medio plazo es la potenciación del turismo, pero a corto sería sacar del las listas del paro a los trabajadores necesarios para llevarla a cabo.

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La reactivación económica no se logra subiendo impuestos, que seguirán empobreciendo a la población y bloqueando el flujo de capitales. Un aumento de los ingresos salariales repercute en un aumento directo en el consumo. Las guerras han sido casi siempre las que volvían a poner en marcha las economías estancadas, al ser necesaria mucha mano de obra para recuperar lo destruido, pero como nadie creemos que esta sea la solución idónea, deberemos comenzar a pensar en alternativas de mayor creatividad.