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josé luis gavilanes laso. Escritor
León

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Dice José Saramago que «la época de las verdades plurales ha terminado. Ahora vivimos en la época de la mentira universal. Nunca se ha mentido tanto. Vivimos en la mentira todos los días». Pero la peor mentira, se dice, es la media verdad; aunque, digo yo, humildemente, la pésima es la de ser mendaz consigo mismo.

Y, a propósito de Saramago y la verdad, no con ánimo de censurar sino de rectificar, salgo al paso de lo que dice el buen escritor portugués sobre el origen de su novela El viaje del elefante . Afirma su autor en el epílogo de la obra, que si no hubiese sido por la intervención de la lectora de portugués de la Universidad de Salzburgo, Gilda Lopes Encarnação, el texto nunca hubiera existido. No es toda la verdad, fiándome de otra fuente que es para mí de toda credibilidad. Es cierto que, con el apoyo económico del Instituto Camões y la Universidad de Salzburgo, la lectora invitó a Saramago a ir a Viena a charlar sobre su obra a los alumnos de portugués. Saramago aterrizó en Munich y viajó hasta Salzburgo en el coche del rector, hospedándose en el hotel El Elefante, por tener éste establecimiento un convenio con la Universidad. Después del acto académico, mi amigo el profesor Dieter Messner, catedrático de Filología Románica de la Universidad de Salzburgo —eminente lexicógrafo de la lengua portuguesa y dominador con soltura de los distintos idiomas románicos, de cuyo departamento depende dicho lectorado—, fue a recoger a Saramago al hotel para llevarlo a cenar a un restaurante en el corazón de la bellísima ciudad partida por las aguas del Salz y cuna de Mozart. En la recepción del hotel, mientras esperaban al resto de los comensales, Saramago se interesó por unas pequeñas esculturas de madera puestas en fila, una de las cuales representaba la Torre de Belém de Lisboa. Venían a continuación representaciones de varios edificios y monumentos europeos que manifiestamente denotaban un itinerario. Dieter le explicó a Saramago que se trataba del viaje de un elefante que, en el siglo XVI, exactamente en 1551, reinando en Portugal don João III, fue conducido desde Lisboa hasta Viena, como regalo del monarca luso a su sobrino austriaco el Archiduque Maximiliano, gobernador de España hasta 1550 y futuro emperador del Imperio germánico, el segundo de su nombre.

Saramago presintió que ese viaje del elefante a Viena, del que acababa de enterarse, podía ser materia para construir una novela, por lo que pidió posteriormente a la lectora la indispensable información histórica. Dieter le facilitó a la lectora los datos históricos que están transcritos tal cual a lo largo del texto novelesco. Por lo tanto, no es exactamente cierto que el libro se deba por entero al concurso providencial de la lectora, compañera de mesa a quien Saramago «le manifiesta públicamente su profundo agradecimiento y también la expresión de su estima y de su mayor respeto», como el escritor sostiene al final del epilogo y en distintas entrevistas. Para ser justo y equitativo, Saramago debería haber hecho constar la contribución fundamental del profesor Dieter, que fue el primero en revelar la circunstancia del viaje del elefante y posterior aportación de la información histórica enviada al escritor luso por la lectora.

Digamos de paso que coleccionar animales salvajes de extrañas procedencias era una aristocrática afición compartida por muchos nobles. Durante el siglo XVI los gobernantes de diferentes países se enviaban en ocasiones animales exóticos para gozarlos y exhibirlos en sus respectivas casas de fieras, o como intercambio de favores. El gusto de animales exóticos moviéndose en un estado de semilibertad era el elemento casi inexcusable de esa «bella imagen» que según el historiador holandés Johan Huizinga caracterizaba a la sociedad en el otoño de la Edad Media, aunque el origen se remonte mucho más atrás. Portugal tenía facilidad para aprehenderlos y comerciar con ellos, merced a sus colonias en Oriente, hábitat de una numerosa y variada fauna. El difícil y costoso traslado a Europa era posible por el alto desarrollo adquirido entonces por la navegación lusa. No obstante, el primer europeo ilustre dueño de una suerte de jardín zoológico fue el emperador Federico II, en el siglo XIII. Dos centurias más tarde, algunos monarcas mantenían un león en su corte, sumando al gusto por su notoriedad y exotismo el valor que se adjudica a este animal como emblema de la realeza.

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Centrándonos en un territorio próximo a León, en 1494 el viajero alemán Jerónimo Münzer realizó una breve pero interesante visita a Benavente, quedando muy impresionado por el aspecto majestuoso que ofrecía el castillo-palacio de los Pimentel —familia oriunda de Portugal— por el tiempo del cuarto conde de la dinastía, cuya impresionante fortaleza de otros tiempos ha quedado reducida al solo torreón que domina el Parador de turismo. Entre otras noticias, el forastero teutón dice que el conde era gran aficionado a toda suerte de animales: «Vimos nueve leones y otros dos comían con un lobo en la misma jaula en la cual entró un negro de Etiopía que comenzó a acariciarlos, de lo que las bestias parecían sentirse muy complacidas (…). Según me dijo el alcalde, gástase al año mil quinientos ducados en la alimentación de aquellas fieras. Ha años tuvieron también un elefante, pero se murió por no poder resistir los fríos del invierno» (vid. González Rodríguez, Regueras Grande y Martín Benito, El castillo de Benavente). Probablemente el mismo ejemplar que propinó tamaña mordedura a su moreno guardián que requirió intensos cuidados del físico de Benavente, según comenta Isabel Becerro Pita, una cronista de la historia de la villa benaventana. En 1502, al noble flamenco A. de Lalaing, huésped varios días del quinto conde de Benavente, le mostraron: «Leones, leopardos y otras bestias (…) y dos bellísimos parques cerca de su palacio, uno de los cuales estaba lleno de liebres, varias de las cuales son blancas, y había allí un camello. Estos animales están tan acostumbrados al hombre encargado de darles de comer, que al oír sonar su corneta, acuden inmediatamente». Anteriormente al viaje del elefante a Viena sobre el que Saramago construyó su novela, en 1514 Manuel I de Portugal ya había regalado al Papa León X un elefante blanco. Al año siguiente le obsequió con un rinoceronte, que murió al naufragar el barco junto a las costas de Italia en 1516. Se rescató el cadáver y con la piel rellenada de paja se reconstruyó su figura que desapareció con el tiempo. Aunque no lo llegó a conocer, Durero lo inmortalizó al hacerle objeto de una de sus más famosas xilografías.