AL TRASLUZ
Máquina de pasta
Asegura el portavoz del equipo de gobierno municipal, López de Benito, que en el Ayuntamiento de León no tienen una máquina de hacer euros y que, por tanto, el concejal de Hacienda, Agustín Rajoy, no puede ponerse a darle a la manivela. Pues ya lo sentimos, pues ha de resultar ejercicio saludable. La de hacer euros no la tendrán, pero la de gastarlos hubo alcaldes y concejales que sí la tuvieron, y no de bolsillo. Por si les vale, en casa tengo una máquina de hacer pasta, pero me parece que sólo hace macarrones. La pongo a disposición del Consistorio, pues todos hemos de ayudar.
Suponemos que López de Benito quiso decir que, llegada una urgencia, el dinero se puede hasta pintar si te queda para papel y lápices, y va a ser que no. Además, desde hace mucho las máquinas de hacer vil metal ya no funcionan a golpe de manivela, sino de pedales. Más aún, la última máquina que funcionó en León con tan rudimentario mecanismo manual fueron los potros de torturas, allá por el Medievo.¡Uff!
Ah, las puñeteras máquinas, para ponerlas en marcha tienes que leer densas instrucciones en japonés. Además, tienden a petarse cuando más las necesitas, como Cupido. Lo conveniente es ponerlas siempre en manos de mañosos. A Leonardo da Vinci le encargaban los Médici por la mañana algo que hiciese florines y esa tarde ya lo tenía listo. Un portento. Y además, sacaba un ratín para retratar a Gioconda. Ya el siglo XX, Chesterton ideó un prototipo de máquina del sentido común, que llevaba sólo dos piezas: el corazón y la razón. No ha de sorprender que su obra haya vuelto a las librerías.
Todo está ya inventado: el esplendor y la caída, las risas y las lágrimas, los problemas y la superación de los mismos. Por ello, no se trata tanto de inventar algo nuevo como de reinventarlo, ni de descubrir como de recordar. El reto de cada generación es precisamente ir enriqueciendo las aportaciones recibidas. Sí, todo está inventado, también la máquina de hacer dinero, únicamente hay que acordarse en qué almacén municipal está y en qué cajón quedó guardada la garantía. Ahora, de nuevo, toca convertir el plomo en oro. Es posible. Ya lo hicimos de niños, cuando sólo contábamos con imaginación, amor y sentido común.