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pedro vicente
León

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En otras circunstancias el fin de la actividad terrorista de ETA sin concesiones ni contrapartidas previas habría supuesto un histórico logro para el gobierno de turno, un plus político de la suficiente magnitud como para ganar de calle las siguientes elecciones generales. Quizá fue la idea que acarició Zapatero cuando abrió aquella fallida negociación durante la pasada Legislatura. Y sin embargo, a cuatro semanas de los comicios del 20-N, lo que en otro momento hubiera supuesto todo un espaldarazo electoral no parece que vaya a alterar lo más mínimo los pronósticos que anuncian una abultada mayoría del Partido Popular.

«¡Es la economía, estúpido!». Nunca aquel célebre diagnóstico político que llevó al despacho oval a Bill Clinton había sido tan cierto como ahora. De hecho, los sondeos periódicos del Centro de Investigaciones Sociológicas llevan ya tres años situando al binomio paro-crisis económica como principal preocupación de los españoles, a mucha distancia del terrorismo, que venía preocupando menos que el desprestigio social que se ha ganado la propia clase política. Por lo tanto, cabría decir que ni con ETA ni sin ETA tienen remedio los males electorales del PSOE.

Pero, lo que son las cosas, a pesar del fiasco de aquella negociación, a Zapatero nadie le privará de pasar a la Historia como el presidente del Gobierno bajo cuyo mandato desapareció el terrorismo de ETA. Aunque no tenga repercusión electoral, la medalla no es de hojalata. Y no será además el único prurito del que podrá presumir para siempre el todavía presidente.

Desde la restauración de la democracia, y con la lógica excepción de Adolfo Suárez, ganador de las primeras elecciones, Zapatero es el único político español que ha conseguido ser presidente del Gobierno al primer intento. Felipe González y José María Aznar necesitaron tres, lo mismo que va a suceder con Mariano Rajoy. Y todavía un récord más en el medallero imaginario de Zapatero: Va a ser también el único presidente del Gobierno que se retira invicto, sin haber perdido ningunas elecciones, contando por victorias sus dos únicas comparecencias. De todo eso podrá presumir Zapatero tan pronto como regrese a León.

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Naturalmente, va a ser difícil que la Historia no le considere máximo responsable del descalabro electoral que, según todas las previsiones, sufrirá Alfredo Pérez Rubalcaba el próximo 20-N. Su responsabilidad es aún más evidente e innegable que la que tuvo Aznar en la primera derrota electoral de Rajoy (año 2004) o la de Felipe González en la de Joaquín Almunia (1996). Pero mientras se escribe la Historia interpretativa, a Zapatero nadie le podrá negar lo que son hitos históricos objetivamente constatables y constatados.