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MIGUEL Á. VARELA
León

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ALêdo Ivo le gustó el sombrero con el que Juan Carlos Mestre hipnotiza las palabras y las pone al servicio de la imaginación y de la incomodidad de las conciencias. El sábado por la mañana, este anciano que pensamos era invención apócrifa de los siempre juguetones poetas del noroeste, está probándose sombreros ante la atenta mirada de la arquitectura caprichosa de Gaudí. Hay pruebas documentales, obtenidas de forma clandestina por la cámara del editor Emilio Torné, que sorteó los recelos de un comerciante preocupado por la piratería intelectual en el noble y antiguo arte de la sombrerería.

Nos habían dicho que Lêdo Ivo era un hombre viejo que vivía en Brasil y salía en las antologías con cara de loco, pero con este sombrero que Rafa Sarabia le acaba de regalar, Lêdo podría parecer uno de aquellos secretarios generales de los tiempos de la gerontocracia del PCUS. Lo cual viene a demostrar una vez más lo errado del refranero: la cara no es el espejo del alma. En el alma de Lêdo hay una enorme habitación donde descansan «los que jamás oyeron una declaración de amor».

Luego Úrsula aportó datos para aclarar el misterio de aquel hombre con sombrero. Antonio Pereira, que tenía medio corazón en Portugal y gustaba de ese idioma que todo español cree hablar correctamente poniendo acento gallego, quedó un día fascinado por un verso: «Piensa en la lluvia cayendo sobre los huertos hipotecados». Así son los poetas, rendidos ante una frase que les provoca escalofríos y que les impulsa a la búsqueda de su autor con diligencia inversamente proporcional a la mostrada por la SGAE a la hora de repartir lo recaudado por autoría dudosa.

Dicen que fue Ramón de Garciasol, el que le dio pistas a Pereira sobre el responsable de aquella larga y fascinante «Elegía didáctica» en la que se mencionaban «caminos intransitables, cerrados a la promesa de los viajes» y se recomendaba inclinarse «ante el recuerdo de los lejanos amigos de tu adolescencia». Y Antonio fue a conocer a la costa tropical de Maceió a este hombre bajito que ahora estrena sombrero bajo el sol tímido del otoño que brilla sobre las piedras góticas de la capital. Un hombre mayor que ha cruzado el mar para recoger un premio sin dotación económica, siguiendo un mandato recibido hace más de treinta años por otro hombre de las provincias interiores que leía versos en portugués y compartía sus hallazgos con los jóvenes que aún no habían aprendido de Tonino Guerra que un poeta es quien se quita el sombrero ante un cerezo en flor. Esta tarde se echarán versos para abrir la exposición que nos traerá de nuevo a Pereira desde el cuarto oscuro de las fotografías de Robés. Y yo apostaría que por ahí andará Lêdo Ivo, con su sombrero recién estrenado.

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