Publicado por
miguel á. varela
León

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Van a ser las más tristes luces de este invierno, recalentado como un plato de comida cocinada una semana antes. Luces que se ponían para animarnos a gastar lo que no teníamos, que subían la fiebre de un sistema creado para hacer caja incluso con los que tenían los bolsillos vacíos, que iluminaban las ciudades en las que la felicidad se medía por las colas ante los mostradores donde se envolvían cuidadosamente inmensas cantidades de facturas. Habíamos encontrado la fórmula perfecta que nos hacía invencibles. A Nicanor Parra le enseñó el poeta Braulio Arenas que de cada diez versos había que tirar uno pero en nuestro mundo decidimos que mejor tirarlos todos, cambiarlos todos los años según la tendencia imperante, sustituir el soneto de la temporada pasada, tan solemne, por un pareado, siempre tan popular y tan propio para combinar con todo. Y ahora, al principio del invierno, en este mes que realmente no existe y que se había puesto en el calendario por la rotundidad de los números pares, iluminábamos la calle y todos sonreíamos ante la perspectiva de regalarnos esos versos inútiles pero muy caros que tanto anunciaban. Con ese casino destelleante se había inaugurado, dice el filósofo Manuel Cruz, «una nueva forma de justicia ‘natural’ administrada por los poderosos en beneficio de los más aptos», un nuevo orden que legitimaba el darwinismo social. La riqueza se iba concentrando en las manos de los que manejaban los arcanos del poder económico, mientras el poder político se limitaba a encender las luces a finales de año y a guardar los recibos en un cajón. Y los ciudadanos pedíamos más luces y más escaparates donde simular una existencia feliz.

Algunos ya lo decían entonces, pero la multitud, entre el aturdimiento de las consignas y sus ecos, nunca ha sido el mejor escenario para las voces singulares. José Luis Sampedro no había recibido aún el Premio Nacional de las Letras, pero era ya un anciano que había tenido el talento de confesar que después de treinta años trabajando en un banco había salido de él sin saber una palabra de operaciones bancarias. «Vivimos una época en la que sobran decibelios y estrépito; faltan ideas que iluminen y estorba tanto deslumbramiento», había anunciado el novelista desde el rincón de los que parecían agoreros. Un rincón al que no se le ponían luces en el duodécimo mes para no desanimar a la clientela, más ocupada, como nos ha explicado el periodista Thomas Frank, en conocer el árbol genealógico del pavo de la cena que de exigir los derechos laborales de quienes trabajan en la granja donde se crió el bicho, alimentado «con música de Chopin y masajes en la papada». Ahora el pavo nos lo sirven recalentado, como las luces más tristes de este invierno.

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