FUEGO AMIGO
Invitación a la Moraña
El anuncio, en la Feria de Turismo Interior, de un programa específico basado en recursos religiosos e impulsado por el próximo centenario de Santa Teresa, no debiera reducir su oferta a la órbita eclesiástica ni incurrir en su versión piadosa. Porque los alicientes más atractivos, vinculados a nuestros místicos, no son fácilmente domesticables. Por fortuna. Esa admirable complejidad extiende su imán más allá de los caladeros clericales y proyecta la dimensión universal de la aventura religiosa y de la obra literaria de Teresa de Ávila y Juan de la Cruz. Para dar sentido al programa, el pasado miércoles la consejera de Cultura y Turismo inauguró en Fontiveros un centro modélico dedicado a la figura de San Juan de la Cruz. Cada 14 de diciembre Fontiveros celebra el Día de las Letras Hispánicas.
Fontiveros es un pueblón disperso y un tanto destartalado. Su estampa urbana no hace justicia a la pulcritud de su hijo más ilustre. Claro que en la Moraña, a menudo, las cosas no son como parecen. Las monjas carmelitas del convento de Fontiveros mantienen su pertenencia a la antigua observancia. Es decir, son calzadas y opuestas a la reforma emprendida en su orden por Santa Teresa y San Juan de la Cruz. Su convento es aledaño a la capilla del santo, que se construyó en el siglo diecisiete sobre el solar de su casa con muchos dorados y un colorido chirriante en yesos y bóvedas. En cambio, el convento de descalzos, que promovió la capilla, fue amortizado en el diecinueve. No es ajena la figura del místico a este tipo de paradojas. Una pintura barroca, trasladada de la parroquia, se tiene por retrato fidedigno del santo, cuya insignificancia física dio pie a tantas bromas de Santa Teresa, siempre un poco pagada de sí misma. San Juan pertenecía a una familia de moriscos, que era el último estrato de aquella sociedad imperial.
En la iglesia de Fontiveros están enterrados su padre y su hermano Luis, que según testimonios de la época, murió de hambre. La madre tiene su tumba en el convento de descalzas de Medina del Campo, a cuyas monjas tuvo que toser alto Santa Teresa para lograr que la atendieran en su indigencia. El templo es una maravilla mudéjar, que se levantó sobre la sinagoga judía y en el siglo dieciséis experimentó una reforma gótica de altos vuelos. En una plaza sin ningún encanto se alza la desafortunada estatua de San Juan de la Cruz, obra de un imaginero malagueño fundida con ferralla. Tras ella, asoma el consistorio, al que un arreglo reciente mudó su semblante cuartelero. El nuevo centro cultural ocupa el solar de la harinera, junto a la fuente donde la madre del santo lavaba las salamillas que tejía su marido, unos pañuelos para los lutos y para cubrirse las mujeres en la iglesia.