TRIBUNA
Carta a Dios en Navidad
Hola, Dios mío! Aunque sé que eres mi Dios, y que me amas como a un hijo tuyo que soy, me tiembla la mano al sentarme al ordenador para escribirte. No sé por dónde voy a empezar y cómo voy a terminar. Nunca en mi vida, y ya he cumplido 85 años, pensé escribirte, y ahora, no sé por qué moción interior, he sentido la necesidad de hacerlo.
Pues, verás, Señor. Es el caso que este mundo que tú creaste anda a la deriva, porque se ha salido de madre y está llevándose por delante todo lo que encuentra a su paso. ¡Qué te voy a decir, si tú lo sabes y ves mejor que yo! Los humanos nos estamos olvidando de nuestras raíces divinas, dejando de lado nuestra racionalidad y espiritualidad y dando rienda suelta a nuestra animalidad irracional. La carne y sus apetitos están triunfando sobre el alma y sus potencias, reduciéndolas a la más vergonzosa esclavitud. De seguir las cosas así, pronto tus divinos mandamientos, tus templos, tus sacerdotes, tu evangelio y tus seguidores, los pocos que vamos quedando, volveremos a las catacumbas de los primeros tiempos a la espera de un nuevo Constantino y de otra santa Elena.
No puedo comprender cómo hemos podido llegar a tamaña desviación y depravación. Comprendo, Señor, eso sí, que el hombre, cuya fuente primera de conocimiento son sus sentidos corporales, tenga serias dificultades a la hora de creer en un Dios al que nunca ha visto ni oído ni tocado. Lo comprendo. Pero sé también que tú le diste otras fuentes de conocimiento, capaces de alcanzar lo que está más allá del campo de los sentidos corporales: la verdad, el amor, todo aquello que trasciendo la pura corporeidad. Qué razón tenía tu apóstol Pablo cuando escribía a los cristianos de Corinto: «El hombre animal no percibe las cosas del Espíritu de Dios; son para él locura, y no puede entenderlas». Tan claro veía esto el apóstol, que en la carta a los fieles de Roma les escribía: pero siento otra ley en mis miembros que repugna a la ley de mi mente y me encadena a la ley del pecado que está en mis miembros».
Perdona, Señor, te estoy diciendo lo que tú conoces muy bien, porque eras tú mismo el que ponías estas palabras en boca de tu apóstol, como lo hacías en otros tiempos en boca de tus profetas y de todos los que a lo largo de la historia han sido tus portavoces, fieles a lo escuchado en tus divinas inspiraciones.
Creo sinceramente, Señor, que el mundo, es decir, la humanidad, se ha considerado mayor de edad, capaz de valerse por sí misma, y se ha soltado de tu mano, como el niño que se siente mayorcito, con ansias de libertad, y rehuye la mano de sus papás, como queriendo decirles: dejadme ser yo mismo. ¡Qué error tan trágico y lamentable! ¿Adónde puede ir el ciego sin la ayuda del lazarillo que le guíe y alerte de los peligros? Tú nos lo advertiste por boca de San Mateo: «Si un ciego guía a otro ciego los dos caen en el foso», ¡Pues claro, pues claro!
Y ahora, Señor, permíteme una pregunta. ¿Puedo?... Sí, claro: no faltaba más.
Pues es que si tú puedes cambiar todo con la misma facilidad con que todo lo hiciste, ¿por qué no cambias la mente y el corazón de los hombres, haciéndolos de nuevo a tu imagen y semejanza, como los hiciste al principio? Yo estoy seguro de que quieres y puedes hacerlo, pero me da la impresión de que estás dándole largas al asunto, como si no te importara mucho lo que está ocurriendo. Con esto que acabo de decir no te estoy acusando de nada; ¡pero me gustaría tanto que lo hicieras!
Ya sé que me vas a decir que todo eso lo puede hacer el hombre; que para eso le has dado memoria, entendimiento y voluntad, pero, visto lo visto, y que las cosas van de mal en peor, ¿no sería ya llegado el momento de una segunda redención? No te estoy pidiendo que mandes de nuevo a tu Hijo al mundo, no. Sólo te pido que suscites un hombre o mujer de entre los nuestros que, como Moisés, por ejemplo, convierta las aguas en sangre o como Elías, que hizo que no cayera una gota de agua sobre la tierra en tres años, para que los hombres despertemos de nuestra modorra y nos demos cuente de que sin ti el hombre y todo lo que tú has creado se esfuma como una gota de rocío o como una voluta de humo.
Si es verdad que eres padre, y de ello no me cabe la menor duda, ¿por qué no actúas, aunque sólo sea una vez y, como en el Paraíso, haces oír tu voz para preguntarnos, como preguntaste a Adán y a Eva, dónde estáis? ¿Por qué os escondéis de mi vista? Si lo haces, Señor, ya no me preguntaré, como tantas veces lo hago: ¿está o no está Dios con nosotros? ¡Perdón, Señor, acabo de decir una tontería aunque sean palabras de la Biblia! Ya sé que está escrito y es palabra tuya: «Aunque una madre pueda olvidarse del hijo que gesta en sus entrañas, yo jamás me olvidaré de vosotros». ¡Gracias, Señor!
Estoy muy desorientado, Señor! Le doy vueltas y vueltas en mi cabeza a todos estos problemas y, como si estuviera metido en un laberinto, no encuentro la salida que me vuelva a la luz y a la libertad. Cuando oígo hablar del amor y de la unión libre, del aborto, que ya cuenta por millones sus víctimas inocentes, de eso que aquí llaman muy eufemísticamente violencia de género y eutanasia, de la pederastia, de la eliminación del crucifijo en las escuelas y centros todos de enseñanza, de la persecución, solapada unas veces y a plena luz del día otras, contra tu iglesia, me pongo a temblar, como si un tsunami de proporciones gigantescas inundara toda la tierra.
En España, desde donde te escribo, en toda Europa y en buena parte de los otros cuatro continentes, estamos en Navidad. Rememoramos, actualizamos y celebramos la presencia de tu Hijo en este mundo, que es tuyo y nuestro; tu Hijo hecho hombre sin dejar de ser Dios, para acortar distancias entre el Cielo y la Tierra, entre lo divino y lo humano. Pero ya muy pocos tenemos esto en cuenta y nos dedicamos a comer, a beber y a danzar, ignorantes unos y ajenos otros a que Tú y tu Hijo, de común acuerdo, seguís hoy y ahora intentando elevar al hombre a los ámbitos divinos, pese a todos los pesares y resistencias que ponemos para haceroslo posible.
Quizás soy un poco pesimista. Lo reconozco, pese a que tú mismo nos has dicho que aunque las puertas del infierno se abrieran de par en par para dar salida a todos los demonios y condenados con orden expresa de atacar al mundo nada podrían contra él.
Termino, Señor. La promesa del demonio a nuestros primeros padres en el Paraíso vuelve a ponerse de actualidad: «Sereis como Dios». Pienso que muchos hombres y mujeres ya están levantando la mano para alcanzar la manzana prohibida y llevársela a la boca. Ya llegará la hora del desengaño y de cubrir nuestras vergüenzas con hojas de higuera, o con lo que sea, después de advertir nuestra desnudez y que todo había sido un espejismo.