Publicado por
ernesto escapa
León

Creado:

Actualizado:

Hace sesenta años, el escritor Severiano Fernández Nicolás perdió la primera convocatoria del Planeta por fabular en su novela Tierra de promisión que se rompía la presa de un embalse, ocasionando una riada de muertos. Era el de Luna, pesadilla de tantas infancias de la época. No fue un autor con suerte, porque unos meses más tarde volvió a quedar finalista del Nadal con otra novela que aún hoy permanece inédita. En plena parrala de la política de pantanos resultaba inaceptable aquella conjetura catastrofista. Y sin embargo, siete años después, la tragedia se materializó en Sanabria.

En aquel carnaval del estraperlo, la gente de Ribadelago, que había participado en la obra desde el principio, subiendo en carros los compresores para perforar las rocas, tenía bien tasado el cemento que se escatimaba, porque sabían cuántos camiones daban la vuelta sin llegar a descargar. La sentencia del Tribunal Supremo, que exculpó de responsabilidad penal en la tragedia a la empresa hidroeléctrica, atribuyó la rotura al distinto comportamiento, a muy bajas temperaturas, del cascajo de granito y del hormigón. No tuvo en cuenta que desde su cierre el muro venía siendo un coladero de filtraciones. Y un disparate de diseño en aquella pendiente: recto y sujeto por precarios contrafuertes.

Todas las explicaciones científicas sobre el lago de Sanabria, didácticamente expuestas en la Casa del Parque, compiten con el duende de los presagios poéticos y de las maldiciones legendarias. Unamuno frecuentó el lago en la segunda década del pasado siglo para ambientar en este escenario las angustias del cura protagonista de su mejor novela, San Manuel Bueno, mártir, y el terrible presagio de un poema que ni siquiera estragaron los ripios, grabado a la entrada de San Martín. Después de algunos hallazgos, que han ido dando buenos y ocultos réditos a la mercadería cultural (por ejemplo, «espejo de soledades» o las «edades del hombre»), concluye con unos versos estremecedores: «Servir de pasto a las truchas / es, aun muerto, amargo trago; / se muere Ribadelago / al margen de nuestras luchas».

Dejando a un lado el ripio, que no respeta ni a las mejores plumas, anticipan tres décadas la tragedia de 1959, cuando saltó por los aires la presa del Tera y sus aguas nocturnas se encañonaron para arrasar el pueblecito rupestre de Ribadelago. La leyenda atribuía el origen del lago a un castigo divino, por haber cerrado las puertas y haber negado el pan a un mendigo, que resultó ser el mismo Cristo. Una de sus variantes más poéticas asegura que en la madrugada de San Juan se oyen repicar dentro de las aguas las campanas de Lucerna, que lloran por los vecinos ahogados. Aquel presagio legendario se hizo realidad una fría noche de enero.

Cargando contenidos...