Publicado por
José Luis Gavilanes Laso. Escritor
León

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Aunque al cabo de la lectura de este artículo pudiera parecer lo contrario, siento por Francia y los franceses simpatía e incluso admiración. Y desde distintos puntos de vista. En lo personal, sostengo con mi primo carnal Marcel Dupont, funcionario aún sin recortar y muy ilustrado, variopintos debates. En lo cultural, me he entusiasmado leyendo a Montaigne, Flaubert, Camus, Malraux y hasta con el maldito Celine del Viaje al fin de la noche. Y no menor ha sido el placer de escuchar la música de Ravel, Bizet, Chabrier o Debussy, en buena parte con acento e inspiración española. A lo que hay que añadir el gozo ante sus artes plásticas, el teatro o el cine. En lo social, si bien fue indigno de un país civilizado y acogedor encerrar en inhospitalarias playas a millares de españoles, hombres, mujeres y niños, en el crudo invierno del 39; no obstante, respecto a la emigración económica, muchos españoles hallaron en Francia el trabajo y el pan que la España de Franco les negaba. Tampoco se me olvida que Francia ha alumbrado hispanistas investigadores como Bataillon, Pierre Vilar, Joseph Perez, etc. a los que tanto debe España por poner más luz a aspectos cruciales de su historia. Guardo en la memoria mi primera visita a Francia. Medio somnoliento mientras esperaba en Hendaya el tren a París, veía desfilar un pelotón de mujeres españolas armadas de cubo y fregona cruzando la frontera para limpiar diariamente las cazcarrias a los franceses. Pero también recuerdo, recién llegado a los Campos Elíseos, como el galo lucía orgulloso su libertad ante mis ojos llenos de recatos, censuras y prohibiciones.

Los Pirineos, además de diferenciar dos formas de concebir la tortilla, separan modos diversos de interpretar el mundo. Ellos piensan, luego existen, y se van a la cama temprano; nosotros, en cambio, existimos, luego sentimos y trasnochamos. Son fríos, calculadores, cerebrales, gentes de escuadra y cartabón; por contra, nosotros somos calientes, apasionados, barrocos e irreflexivos. La gloriosa enseña francesa es un ménage a trois de blanco, rojo y azul, inconsecuente e infiel a su ser, como lo es su lengua hablada respecto a la escrita; mejor encajaría un combinado gris sobre fondo verde. Por contra, en nosotros la fidelidad impera en el habla respecto a la escritura, y la bandera se ajusta mejor como símbolo a su realidad histórica y psicológica: rojo y gualda fuertes e intensos, como una hemorragia de sangre y sol en campo de sequía y desolación. Pero donde se nota más el contraste es en el instrumento que a raíz de la Revolución Francesa servía para ejecutar las sentencias a la última pena. La muerte por guillotina es, sobre todo, la máquina: lineal, precisa, fulminante. Por contra, el ibérico garrote vil, nuestro último artilugio oficial para estrangular el gañote del reo, apenas se ve, es el sujeto y no el objeto quien acapara con su agonía todo el espectáculo.

Fuese Dumas (padre) o gabacho anónimo el autor de la frase: «África empieza en los Pirineos», lo cierto es que con ella se ha verbalizado cierta desafección hacia el sur de nuestro vecino del norte. No dudo que en su día la frase tuviese fundamento. Por los cincuenta del pasado siglo, el campesino español se servía aún de tracción animal para el acarreo y removía la tierra con el arado romano, poco más o menos como lo hacía el africano. Pero más que desafricanarse España es Francia la que se ha africanado, al menos en el deporte. Practicando fútbol, balonmano, baloncesto, atletismo, etc., tanto en la competición masculina como en la femenina, la piel negra o cobriza juega un papel preponderante por los estadios franceses que no proviene de galos, francos, gascones, borgoñones, bretones o normandos, sino del norte y centro de África, así como de sus otras colonias americanas o de la Polinesia. De modo que la célebre frase ha perdido sur y ganado norte.

Además de habernos endilgado a los Borbones (secuestrándolos luego para poner a Pepe Botella); esquilmar en San Isidoro las tumbas de nuestros reyes convirtiéndolas en pesebres para las caballerías; y más tarde enviarnos a los cien mil hijos de San Luis para implantar el absolutismo, al francés le dan de vez en cuando ciertos «yuyos» o arrebatos despectivos contra España y los españoles. Recuerdo que allá por los noventa del pasado siglo, los buques de guerra franceses se liaron a cañonazos contra los barcos de pesca vascos que faenaban en el Golfo de Vizcaya para preservar la captura de la merluza. Y cuando afecta a sus intereses agrícolas incineran nuestros camiones cargados de fruta y hortaliza temprana ante la pasividad de los gendarmes. Ahora les ha dado el pronto de que todos los deportistas españoles se drogan, al menos los exitosos. No puede ser que un país haya subido en tan poco tiempo el nivel de la indigencia a la excelencia deportiva. Y no hay otra explicación que la ingesta de sustancias prohibidas para mejorar el rendimiento. El caso Contador lo confirma y de paso hay que meter en el saco a Nadal, los Gasol, etc. Si para ellos no ganar el Tour desde hacervarios lustros es como una esquela a su Arco de Triunfo y un oprobio a su chauvinismo, lo de no triunfar en el Roland Garros desde hace 28 años pasa a ser escandaloso, y ya la de San Quintín o tragedia nacional que distintos españoles lo hayan ganado una decena de veces desde entonces. Extraigo de nuevo del recuerdo aquella llegada a Francia a finales de los sesenta, en Levalois, un barrio parisino. Al lado de la casa de Marcel había un pequeño parque con cuatro canchas de tenis abiertas para uso público, mientras que por esa altura, en León, con cien mil habitantes, sólo podían jugar al tenis los que eran socios de El Casino, por tener las dos únicas canchas existentes.

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He llamado por teléfono a mi primo. —Oye, Marcel, ¿tú también te sumas a este parecer de Yannick Noah, Le Monde y Canal Plus según los cuales los deportistas españoles se «chutan»…. —Certainement. ¿Y los motoristas, a esos también los adscribís a la «pócima mágica». —No, a los motoristas no, a las motos. —Vete a la mierda, Dupont. Me ha llamado hace unos días pensando que ya se me había pasado el cabreo. —Mon cousin, comment allez-vous? —¡Dien Bien Fu!, y le colgué. Así, con ese orgullo español de no haber sucumbido en las Filipinas, en tanto que ellos rendían sus armas vergonzosamente en la Conchinchina ante los amarillos. Para que se chinche.