FUEGO AMIGO
Jiménez Lozano en la órbita
Esta semana se presentó en Ávila la web del escritor José Jiménez Lozano, elaborada en la Complutense con patrocinio de la Junta de Castilla y León. Cuando se cumplen diez años de su Cervantes, el alcalde aprovechó el acto para anunciar su próxima distinción como Hijo Adoptivo. Ignoro si el protocolo lo permite, pero estoy seguro de que nada agradaría tanto al escritor de Langa como ser acompañado en ese honor por otro abulense universal.
Me refiero al filósofo Jorge Santayana, de cuya muerte romana se cumplirán en septiembre sesenta años. Pero es en este frío invierno cuando hace el siglo de su abandono de la cátedra de Harvard, que dejó para no volver, atraído por la libertad de los pájaros que cantaban al otro lado de aquellas ventanas. Quizá pudiera sumar también al reconocimiento, si el protocolo es flexible, a sus cómplices Somoza y Aranguren.
Jiménez Lozano dedicó a Ávila en 1988 un libro hermoso y ya inexistente, que tiene más que ver con la autobiografía que con el reportaje. Allí relata su fascinación de niño al comprobar que las murallas eran de verdad y en su interior aguardaba el esplendor de una auténtica Costantinopla.
En sus páginas nos muestra la ciudad inadvertida. La que gira en torno al recuerdo de Santa Teresa, pero también la que se hace tópico en Larreta o seduce a Kazantzakis y a Montherlant. Lozano ha ido amasando su obra como ensayista contra corriente, poeta singular, observador a su aire, y también como narrador de historias incómodas, que con frecuencia plantean dilemas molestos. Sus libros no se atienen a las hormas académicas y el resultado es que ni los novelistas ni los poetas ni los ensayistas de nómina lo consideran uno de los suyos, sino como un raro escritor que hace su obra sin ocuparse de su estancia en el canon. Después de salvar momentos desolados, le llovieron los reconocimientos hasta la culminación del premio Cervantes en el 2002.
Ninguno de aquellos sonados repiques alteró los hábitos de Jiménez Lozano, un tipo poco aprovechable para la pasarela intelectual. Desde hace años el hilván de su costumbre viene siendo el mismo: baja a la ciudad una vez por semana, se cita en el café con los amigos, va de librerías a maliciar novedades, pasea un rato y vuelta a casa.
Antes tenía la obligación del periódico, el trámite de los consejillos donde recogía mandas para aquellos editoriales encofrados de retórica. Evita el requilorio de las puestas de largo y prefiere despedir la tarde en una mesa del bar de la estación, haciendo tertulia con el maestro de su pueblo, entre los ruidos de la megafonía y el trajín de los viajeros, mientras llega la hora del autobús para Alcazarén, donde tiene su casa y su refugio, su pequeño Port Royal de jansenista inactual.