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JAVIER TOMÉ
León

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Los tremebundos descalabros económicos provocan a diario un cóctel de noticias que oscilan entre malas y pésimas, ya que las cosas siguen funcionando según una lógica básicamente utilitaria. Pero con los truenos que están cayendo, y ajenas a las malditas cifras que definen nuestras vidas, existen gentes que deciden contravenir la suprema ley del sentido común y se lanzan a una aventura en toda regla, como es el caso del llamado Panda Raid. Hay que tener un carácter semejante a un muro de hormigón para embarcarse en semejante peripecia atravesada de imprevistos, que arranca el 2 de marzo en el estadio Santiago Bernabeu y acaba el día 10 en las playas marroquíes de Essaouira.

Un periplo de 4.000 kilómetros que atraviesa infinidad de caminos, desde el frío y montañoso Atlas hasta los desiertos del sur. A todo ello se une que los participantes no pueden utilizar GPS, esa vocecilla de «rubia tonta» que dicen algunos, pues tan solo van equipados con brújula, mapa y un libro de ruta entregado por la propia organización para enfrentarse a las siete etapas que componen la carrera. La competición se basa en la sencillez y la autenticidad, valores supremos de un esfuerzo mecánico que pretende dejar atrás, al menos por unos días, el bullicio de la civilización. La escuela de emociones que es el Panda Raid cuenta, en su cuarta edición, con un equipo integrado por dos leoneses, Marcelino Hervás y José Gutiérrez, dispuestos a batirse el cobre con el vehículo verde número 23 en tan bendita locura, ennoblecida además por un componente solidario. Cada Panda está obligado a transportar 20 kilos de material escolar que serán entregados, a su llegada, en una escuela de país árabe. Dicho material que llevará el nombre de León a tan exóticos horizontes proviene en gran parte de la donación efectuada por la editorial Everest, que contribuye así a redondear un reto imposible de olvidar.

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