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ERNESTO ESCAPA
León

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En este largo invierno de recortes y desconcierto, resulta estimulante la sintonía de buenas noticias que nos llegan asociadas a la marca Tierra de Sabor. Y no me refiero sólo al lanzamiento de la leche, que acapara el sumario informativo autonómico del último mes, sino a la secuencia de logros económicos vinculados al banderín de enganche creado por la Consejería de Agricultura y Ganadería para potenciar la transformación de nuestros productos agroalimentarios. En este punto, sería cicatero silenciar el nombre de Silvia Clemente, responsable con su equipo de este cambio histórico: la conversión de un sector subsidiado, casi terminal y de vocación lastimera en un colectivo emprendedor y puntero. Es lo que ha ocurrido, a través de su gestión, con el componente más dinámico del campo de Castilla y León.

Pero no es sólo eso. Esta semana se han hecho públicos diferentes informes referidos a la economía regional de España durante el 2011, que elaboran el servicio de estudios del BBVA, el Instituto Flores de Lemus de la Universidad Carlos III y la fundación de las cajas de ahorros. El diagnóstico coincide en destacar a Castilla y León como la comunidad con mayor crecimiento del conjunto (prácticamente dobla a Cataluña, Madrid, Baleares o Galicia; despunta respecto al País Vasco, Cantabria o Asturias; triplica a Valencia, Aragón o Murcia; y se sitúa a mucha distancia de Andalucía, Castilla-La Mancha y Extremadura), duplicando la media de España. En el pelotón de cabeza, a más de una décima de distancia, nos acompañan Navarra, La Rioja y, por los flujos del turismo internacional, Canarias.

¿Cómo se explica el tirón en medio de la debacle generalizada? Sin emisiones de bonos patrióticos y con un ramo financiero en almoneda, la respuesta apunta a los excepcionales resultados de un sector agroalimentario gestionado con audacia razonable. Sin piruetas, que serían suicidas en un momento de crisis severa, pero huyendo de la tradicional resignación plañidera. Echándole imaginación, entusiasmo, tenacidad y mucho esfuerzo para conseguir dar la vuelta a un mundo rural que esperaba amortajado el momento de sus funerales. Un mérito compartido entre gestores públicos que dieron el impulso y emprendedores que echan el resto.

Ha sido un proceso laborioso, que tuvo que vencer toda suerte de trabas e inercias paralizantes, pero a la postre ha conseguido que los resultados sean incontestables. Dar una vuelta al campo y convertir sus productos de siempre en artículos apetecibles, no era una fantasía irresponsable. Era un reto al alcance de audaces razonables, que con su implicación han conseguido de momento que nuestro crecimiento económico en tiempos de postración sea el primero entre todas las regiones de España.

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