Publicado por
JAVIER TOMÉ
León

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Aunque no me cause delicia, ahí les va una noticia tan real como el incremento de los precios. Es cosa sabida que el agua es el vehículo con el que se desenvuelve la naturaleza —Leonardo da Vinci dixit—, además de fuente inagotable de sensaciones y disfrute. Y puesto que las goteras de la edad comienzan a hacerse notar, decidí atender la invitación de mi dilecto amigo Pepín Muñiz, ese maestro de maestros tanto en la vida como en el noble arte del fútbol, para visitar en amor y compañía uno de los templos del confort especializados en limpiar el escaparate de inmundicias que emponzoñan nuestros pobres y baqueteados cuerpos. En León conocemos de sobra el relajante baño de bienestar que ofertan los balnearios, pues los antiguos romanos ya disfrutaban a conciencia de los beneficios de las aguas termales. Sobre el establecimiento de baños construido por los hombres de la Legio VII se levantó siglos después la Pulchra Leonina, esa majestuosa joya gótica que, precisamente ahora, ha comenzado a cobrar una mínima entrada, provocando claro está la queja de los rácanos integrados en la cofradía del Puño.

Los romanos tenían en tanta estima los rituales del agua, que ni siquiera al más miserable de los esclavos se le prohibía regocijarse de vez en cuando con un chapuzón de sensaciones. Así que hice caso al argumentario de Pepín —que si te eliminan las toxinas, que si mejoras el aparato respiratorio y locomotor, que si el sistema sanguíneo…— y nos introdujimos ambos en uno de esos ingenios pensados para dar descanso al cuerpo y tranquilidad al alma, dispuestos a macerarnos en un evento de honesta expansión. Al menos yo, pues el crápula de Pepín había quedado con una de sus amiguitas… —puesto que se dice el pecado pero no el pecador, llamémosla señorita Pilonga—, pensando en vergonzantes y muy privadas maquinaciones. De lo que ocurrió, les seguiré contando.

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