LA VELETA
La encrucijada sindical
Los sindicatos se han ofuscado ante la reforma laboral, tan inexorable como previsible por cuanto el PP no ocultó antes del 20N sus intenciones en relación a las decisiones fundamentales, aunque se equivocara Rajoy al afirmar entonces que no se abarataría el despido. En efecto, CC.OO. y UGT, conscientes de que la reforma de la negociación laboral —con la primacía que el decreto-ley otorga a los convenios de empresa sobre los territoriales y sectoriales— representa la laminación de los sindicatos, que quedan fuera de juego, han creído necesario escenificar su protesta más solemne, sin medir la debilidad del apoyo con que cuentan y sin ofrecer una planteamiento alternativo: su inmovilismo, tanto frente a los intentos reformistas del gobierno anterior como ante la reforma ya decretada por el actual, les pone en evidencia y les dificulta la consecución de apoyo social. Los sindicatos parecen desconocer que existe una poderosa corriente política de opinión que ha decidido encomendar a Rajoy y a sus soluciones radicales la cirugía que teóricamente habrá de sacarnos de la crisis.
Nadie se sorprenderá, en efecto, de que el jueves, la huelga general consiga un resultado bien descriptible. No existe un clima de oposición a la reforma laboral, ni hay conciencia de que la supervivencia de los sindicatos debe ser defendida, ni se llega a entender cuál es el objetivo de las organizaciones obreras, que ya le hicieron una huelga general a Zapatero por una reforma mucho más liviana. Por añadidura, el Gobierno tiene a su disposición el poderoso argumento de que el decreto-ley va a ser tramitado como ley orgánica por el parlamento, lo que permitirá introducir cambios en la norma, con lo que la huelga se vuelve aún más extemporánea y precipitada: los sindicatos debieron aguardar a la promulgación de la ley y tratar de influir sobre las cámaras a través de los partidos políticos.
En definitiva, los sindicatos, doloridos por su creciente soledad y por la reducción drástica de sus ingresos a causa de la crisis, deberán plantearse cómo sobrevivir a tanta adversidad. Y tan sólo tienen para ello un camino practicable: el de conseguir de nuevo la confianza de la clase trabajadora mediante unas propuestas innovadoras que vayan a favor de la generación de empleo, minimizando al mismo tiempo en lo posible el ajuste salarial que está implícito en la reforma laboral, y que quienes diseñan la política económica consideran ineludible, como sucedáneo de la imposible devaluación de la divisa que procedería realizar si no estuviéramos anclados al euro.
Los sindicatos deberían ser abanderados de la imaginación en el hallazgo de fórmulas que faciliten a los empresarios la lucha contra la crisis sin destrucción de empleo y en un mejor reparto del trabajo existente. Si no hacen tal cosa, el declive sindical puede ser, esta vez sí, irreversible. Hay ejemplos cercanos a mano.