León

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Cuando tan sólo te dedicas a aparecer en ruedas de prensa para hacerte la foto, lo mejor es que te plantees para qué sirve tu cargo. Es triste decirlo, pero eso de ‘otros vendrán que buenos te harán’ ya se ha institucionalizado en León. Parecía que nadie podía incrementar el desnivel alcanzado por Alfonso Ordóñez y, en eso, llegó Evelia. Pero es que lo de ahora es tan lamentable que parece una cámara oculta o, peor, una película de Manolo Summers, pero el de To er mundo es mejor , ojo. Porque lo único que le falta a Juan Pablo García Valadés es meter un león en el Cid para demostrar que su concepto de la cultura y el patrimonio es el del bombero torero. Está muy bien poner el Auditorio a coste cero, de verdad, pero la gestión cultural no puede limitarse a los 40 Principales. Caminar sobre un precipicio no es óbice para que por gestión se entienda cruzarse de manos. Para eso, se contrata una consultora que en los próximos años se encargue de la gobernanza de la ciudad. Seguro que lo harían mejor y no habría tantos sueldos que pagar. Hace un mes, el PSOE denunciaba el estado en el que se encontraba la zona arqueológica del Cid y 30 días después, el concejal García Valadés no ha movido un dedo para solucionarlo. El adarve de la muralla romana se ha convertido en un vertedero y todo lo que tiene que decir el edil es que la causa son los «jóvenes maleducados». Claro Juan Pablo, y la razón de la erosión de la Catedral es la desconsideración del frío de León y las maneras fatales de las cigüeñas, que lo cagan todo. Hay que darles una bolsita, que sin maneras no hay manera... Una declaración así podría quedar bien para una Miss de la belleza —«Confucio fue el creador de la confusión, un chino japonés muy antiguo» ¿recuerdas?— pero el responsable de Patrimonio debería tener más cuidado a la hora de decir depende qué cosas. Y, si no, siempre es mejor el silencio, que da un aura de misterio especial y consigue hacer atractivo al más tontolón. Ya sabes, «me gusta cuando callas porque estás como ausente». Decía Josh Billings que el silencio es uno de los argumentos más difíciles de refutar y, la verdad, es que hasta ahora Valadés se había prodigado poco en el proceloso mundo de la elocuencia, lo que demuestra dos cosas: su prudencia y falta de soberbia. Se le puede perdonar el desliz, pero ya es hora de que se preocupe por aquello por lo que le pagamos: la cultura y el patrimonio, que la educación es cosa de los papás.

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