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BENITO DE CELIS CARRILLO. PROFESOR DE LA UNIVERSIDAD DE LEÓN
León

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La mala leche nacional es rencorosa, corrosiva, profunda, y llega a extremos irracionales. La envidia puede acabar en sí misma, es un sentimiento rápido, humano, y hasta comprensible; pero la «mala leche» la extiende mucho más allá y llega a extremos insospechados y absurdos.

La Santísima Inquisición fue una buena muestra de ello, y los judíos españoles sabían y entendían muy bien por donde iban sus tiros. No era para salvar sus almas convirtiéndoles al cristianismo, sino para degradarles, haciéndoles sufrir física y mentalmente, arruinarles y doblegarles hasta la máxima humillación. Esta crueldad tenía su morbo, y los autos de fe de la época resultaban tanto más atractivos, soeces y sádicos cuanto mayor era la categoría intelectual e influencia política y económica del ajusticiado. Supongo que todavía lo tendrán muy presente, a pesar de tantos años transcurridos, los descendientes de judíos españoles, a los que probablemente no se les olvida tamaña afrenta.

Trasladando este análisis al reciente caso del juez Garzón, podría decir algo similar. No fue la derecha, ni la izquierda, la que le condenó, estamos muy equivocados, sino la envidia de sus propios compañeros. Envidia que llevada al extremo de máxima paranoia, ha logrado la total aniquilación de su trayectoria profesional, aunque, por supuesto, no hayan conseguido destruir su enorme prestigio como juez, que permanecerá para siempre en la memoria de los españoles. No así la de los McCarties del siglo XXI que le condenaron.

Aunque mi caso, como el de otros muchos, es de poca importancia, podría decir que existen ciertas analogías con las raíces del problema que expongo, puesto que también he sufrido, a mí manera y en mis propias carnes, los sabores de la humillación, al no pasar recientemente una oposición universitaria, aun siendo todo un doctor por el famoso MIT de los Estados Unidos de América, pues a juicio de unos importantísimos catedráticos procedentes de unos todavía más importantes centros de investigación de Huelva y Sevilla, mis méritos no quedaban a la altura de su enorme sapiencia.

Ahora, lo que me preocupa es el caso del Rey, concretamente su reciente viaje a Botsuana para una cacería. Ha habido un enorme revuelo, y el asunto, aunque probablemente la mayoría piense que es banal, no ha sido así para otros, que incluso parece que lo atañen de importancia suma para el país, lo que de nuevo trae, a mi parecer, el motivo de este artículo: «La mala leche nacional».

No me gustó por diversas causas las disculpas del Rey en su aparición televisiva, le ví como sorprendido, quizás de la mala leche de algunos de sus súbditos que le obligaban a realizar tan absurda declaración y que me pareció hasta cierto punto humillante; no nos olvidemos, mal que nos pese, que una humillación al Rey es también una humillación al país que representa y, en el fondo, a nosotros mismos.

No me podría imaginar nada así en el mundo anglosajón, donde quizás se utilizan frecuentemente este tipo de procedimientos, eso sí, cuando se hace realmente algo incorrecto. Imagínense al presidente Clinton disculpándose por su asunto con la becaria, que no fué precisamente un mero asunto de caza; o al príncipe Carlos de Inglaterra haciéndolo por sus ridículas cartas a Camila Parker. Consideraría que las personas y el país que exigiese tales disculpas no estaba en sus cabales y me preocuparía, incluso, que semejantes actos semiforzados condujesen a coger cierta manía a súbditos tan innobles.

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Pues ánimo majestad, desde aquí le invito a que haga lo que se suele decir la real gana, al menos en su palacio o donde pueda, si es que algunos se dignan dejarle. No haga caso a tantos sabios de la política, que en el fondo son unos chiquismiquis y cargantes, y pretenden aparentar ser más de lo que son intentando sacar los colores a cualquiera, cuanto más alto mejor, y, ¿que mejor que la monarquía?, el organismo de máximo prestigio del país. Para mí, y estoy seguro que para muchos españoles, nos importa un bledo donde usted se relaja y disfruta de sus vacaciones, a las que tiene pleno derecho como todos los españoles, pues estos no son ya tiempos de inquisición, que se acabó afortunadamente hace muchos años, por más que algunos quieran revivirla.