LA 5.ª ESQUINA
Un jardín de flores raras
S i hace poco tiempo supimos de la existencia de una especie diminuta, la Gyrocaryum oppositifolium , con sus últimos ejemplares en Ponferrada, ahora resulta que somos poseedores en exclusiva de otra rara planta, Geranium dolomiticum , de la que sólo se conservan unos ramilletes en el municipio de Ponferrada y en el de Priaranza del Bierzo. En nuestra sociedad de la tecnología y de la esclavitud de las mercancías estas plantas, que aún no han entrado a formar parte de la esfera de los bienes económicos, constatan la melancolía del planeta. No son las enfermizas camelias de Margarita Gautier, pero sus investigadores —Félix Llamas y Carmen Acedo de la Universidad de León—, dicen que este geranio silvestre se localiza en dos poblaciones, una que vive en doscientos metros cuadrados y otra en quinientos, por lo que su riesgo de extinción «es mayor que el del oso o el lince» y no precisamente por que tengan la tisis o una hipoteca sobre el terreno donde se asientan, que seguro que también.
Si la Gyrocaria aparece en primavera, el Geranio dolomítico florece en los meses de junio y julio y fructifica en julio y agosto. Su flor tiene un color liláceo y sus pétalos, muy abiertos, están rayados con estrías en color más oscuro. Su apellido proviene del hábitat donde vive, en paredones o grietas de rocas calcáreas dolomitizadas, aunque también se localiza en pastizales al pie de los roquedos, entre 1.300 y 1.500 metros de altitud, en este caso en los Apóstoles de la Aquiana y en Ferradillo. En la montaña leonesa se encuentra también otra curiosa planta, la Empetrum nigrum, con cuatro únicas poblaciones en la Península Ibérica, localizadas principalmente en las cercanías de la estación invernal de San Isidro.
En el Libro rojo de la flora vascular amenazada de España (2007), editado por el Ministerio de Medio Ambiente, nos recuerdan los múltiples peligros que tienen estas especies amenazadas. Cuando no son rumiantes, son insectos, orugas, la sequía, incendios, el uso excesivo de herbicidas, la polución de las aguas, el escaso número de flores fecundadas, la pérdida de calidad del hábitat, las bajísimas tasas reproductivas, el coleccionismo, actividades deportivas sobre roca (escalada, rápel, etcétera), explotaciones mineras como canteras, competencia vegetal con otras especies y la más común, el hombre con su pisoteo, su uso para venta o alimento, el urbanismo desmedido y la artificialización del hábitat por el turismo y otras lacras de nuestra particular evolución. Un planeta seducido por el espectáculo consumista, que olvida con frecuencia que la belleza suele ser humilde y silenciosa… Había que hacer algo.