FUEGO AMIGO
Después del descalabro
Al cabo de tres años de turismo financiero, que se fue traduciendo en acercamientos, enlaces y decepciones, el mapa del ahorro que conocimos presenta unas trazas como para salir corriendo. Esta semana el turbión del descrédito recaló en Bankia, gravoso invento del huidizo Rato al que se entregaron unos cuantos incautos y dos pequeñas Cajas de aquí, las de Ávila y Segovia, gobernadas por presidentes de sus diputaciones. Lo de ahora es como el tercer o cuarto rejonazo del proceso, siempre agravado por los daños de su saldo económico. Se liquidaron entidades, se clausuraron oficinas, se prejubiló abundante personal que durante unos años anda cobrando el paro, se malogró la obra social y se estranguló, acaso para siempre, la actividad cultural del territorio. Sin embargo, todas estas renuncias sucesivas y las consiguientes entregas de cuantioso dinero público parece que ni siquiera alcanzan para digerir la polución del ladrillo.
Antes de alcanzar el descalabro definitivo, que es más o menos donde estamos, se fue escuchando de todo. Apelaciones al compromiso de aquellas entidades de ahorro con las iniciativas de su entorno, fusiones que buscaban fortalecer el músculo financiero de la Comunidad, acercamientos guiados por la pretensión de sumar. Para vigilar en nombre de la sociedad de su entorno la diligencia del proceso, las Cajas se dotaron de consejeros que representaban el interés común. Llegaron avalados por los partidos, por las instituciones, por las entidades fundadoras, por los sindicatos y por los propios empleados e impositores. Más de una vez asistí en las Cortes a su elección formal, que sistemáticamente se traducía en una versión chabacana del capítulo de auxilios mutuos. Así que nadie podrá extrañarse de que finalmente haya acabado ocurriendo lo que ha sucedido. Treinta meses de irritante deterioro y enredos de opereta han convertido aquellas aspiraciones de manual en una pesadilla.
Ni ha fluido la liquidez para las empresas y para la muy diezmada muchedumbre de los autónomos ni se ha producido una apertura del grifo de los créditos al consumo, que son los que ayudan a estimular el pulso de una economía colapsada. En cambio, aquellas entidades domésticas y cercanas a la gente dedicaron sus años de bonanza a financiar aventuras temerarias y expansiones insensatas. Decisiones de riesgo que, como contrapartida, daban mucho juego protocolario, abriendo sedes faraónicas donde no recaudaban un euro o trasladando sus unidades familiares al completo a exóticos consejos que una vez se celebraban en Londres y otra en Nueva York. Por no mencionar excursiones de más bochorno, que también las hubo. A estas alturas de la pesadilla, después de treinta meses, ya no les queda ningún crédito.