Diario de León
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Gallego
León

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Hoy se aprueba el presupuesto más raquítico del Ayuntamiento de León en lo que va de siglo. Que de los 134 millones de euros presupuestados sólo millón y medio escaso sea para inversiones reales (concretamente, para mantenimiento) tiene que hacernos pensar. Está claro que con ese dinero no se puede hacer mucho, por lo que tendremos que esperar que siga pasando el tiempo de las vacas famélicas, que no sé si sólo durarán siete años, como en la Biblia.

Que la mitad del presupuesto se vaya en nóminas sólo indica lo que se ha sobredimensionado Poridad en los últimos años. No es de recibo duplicar funciones y que para hacer ciertos estudios se recurra a consultoras ajenas, cuando se supone que el consistorio tiene técnicos cualificados para estos menesteres. Así había sido siempre, hasta que se empezó a encargar estudios y proyectos y hasta defensas jurídicas a servicios externos, que cobran miles y miles de euros por ellos.

La corporación actual es la que tiene que poner el cascabel al gato y me alegra que, aunque tarde, se haya decidido a empezar por los recortes, desde el alcalde al último contratado. Esa es la manera de hacerlo, que se aprieten el cinturón todos. Pero lo triste es que las corporaciones anteriores, que fueron las que llevaron la caja pública a la bancarrota, cobraron sus dineros y dejan la miseria a los demás.

Por eso ahora, cuando el 15-M está en su primer aniversario, se me ocurre que lo práctico es que este movimiento tome la iniciativa para promover por la vía ciudadana la exigencia de que se legisle la responsabilidad civil de los mandatarios, que no puedan gastar alegremente sin tener que dar cuenta, que no puedan votar su propio sueldo y que no puedan contratar a dedo (asesores y personal de confianza) para periodos que sobrepasen su propio mandato. Vamos, que cada palo aguante su vela.

Realmente estamos todos indignados de que nuestro dinero se gaste y nadie nos diga cómo, que los políticos siempre disparen con pólvora del rey, cuando los paganos somos los demás, que no les importe enfrascarse en obras faraónicas que no tienen sentido y que dejan hipotecada a la ciudad. Eso nos indigna, pero nos debería indignar más que no sirva para nada nuestra indignación y que un movimiento civil que surgió espontaneamente el año pasado se haya politizado hasta el punto de que no sirva para nada, cuando sus premisas eran claras. Indignados sí, pero prácticos.

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