León

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Tarde del pasado domingo, por el camino real entre Quintanilla y Encinedo, siguiendo los pasos de Carnicer, mi mujer y yo disfrutábamos de una caminata, sin otra presencia que el susurro del río y alguna que otra mariposa; hasta Robinson Crusoe debió de sentirse más acompañado que nosotros. Bucólica calma. De repente, un sonido de cabras; agradable sinfonía, no todo va a ser Chopin. A escasos metros, aparecen los dos perrazos que las cuidan, y dado el tamaño de los mismos igualmente podrían haber cuidado dinosaurios; de sus ladridos dedujimos que no nos estaban preguntando la hora. Sentencio con autocontrol: «¡qué no cunda el pánico!» y acto seguido salimos escopetados, y los canes corriendo detrás. Ya no era sólo pura supervivencia, además nos interesaba llegar vivos a casa para el partido de la Selección. En plena huida me acordé del célebre «Cuánto más conozco a los hombres, más quiero a mi perro». Y pensé: «¡menuda gilipollez!» Vale, la he mencionado aquí muchas veces, pero porque es muy socorrida. «Nunca más», me dije.

Todos tenemos una vivencia que supuso nuestro bautismo profesional de fuego en condición humana; dicha cita fue el mío. Fin de semana, 1986, en la redacción de Lucas de Tuy suena el teléfono; lo cojo, quién me mandará. «¿El redactor de Cultura? Necesito que me saque de dudas, llevo un rato debatiendo con amigos, con apuesta incluida, sobre quién dijo ‘cuánto más conozco a los hombres más quiero a mi perro’». Me dejó al bies. Pregunté a los colegas y las respuestas oscilaron entre el gruñido, la sorna y el silencio. Al decirle que no podía ayudarle me soltó: «¡pues qué clase de redactor de Cultura es usted!». Y colgó. Un golpe bajo cuando estás comenzando y necesitas autoestima.

Sigo sin saber quién espetó tal sarcasmo sobre hombres y perros. Según unos, Lord Bryon; según otros, Federico II; y tiene más padres posibles. Me da igual, no volveré a citarla; la condición humana muerde, pero tenemos nuestros días buenos. Aunque la noche del domingo me tenía reservada otro ladrido: en un libro de la secretaria de Hitler descubro que la cita era la preferida del Führer. Horror. Ah, no, ni hablar… con ése, coincidencias ni una. ¡Además, ni siquiera tengo perro!

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