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JOSÉ LUIS GAVILANES LASO. ESCRITOR
León

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Sabido es que piel de gallina es el aspecto que toma la epidermis cuando a uno se le erizan los pelos por efecto del frío o las emociones. Oí a un periodista radiofónico que así se le ponía la piel conmovido ante el clamor unísono de los hinchas que abarrotaban en Bilbao el Estadio de San Mamés. Acababa de clasificarse su adorado «Atletic» para la final de la Europa League. Después vendrían las lágrimas de Bucarest y las subsiguientes del «Calderón»; que, post festum, pestum .

A mí, en cambio, se me pone la piel de gallina cuando oigo y leo que a la Iglesia católica española se la «odia» por sus privilegios en materia económica (casilla en el IRPF, exención del IVA y del IBI). Sabía de los privilegios, no del odio. ¿Pero, por qué no ha de ser que a las confesiones religiosas las sostengan sus fieles, como también a los sindicatos sus afiliados, a los partidos políticos sus partidarios y a los clubes deportivos sus socios? Que ellas y ellos procuren su modo de autofinanciarse sin tener que depender del Estado como recurso limosnero para su existencia. El Estado demasiado tiene con sus deberes y obligaciones, aunque tenga dinero para rato.

Se me pone la piel de gallina saber cómo, sin comerlo ni beberlo, nos han convertido en deudores compulsivos, aunque personalmente no tengamos deudas ni con las administraciones públicas ni con las entidades de usura ni con la panadería. Como ciudadanos rasos integrados a la fuerza en este rompecabezas castellano-leonés, cada uno de nosotros tenemos un débito de dos mil y tal euros que nos corresponde por la deuda autonómica. Pero hay más. Del Ayuntamiento de León, nos cae otro marrón de casi tres mil, que es el resultado de dividir los 430 millones de adeudo del ente local por los aproximadamente 150.000 ciudadanos que habitamos este municipio. A ello hay que sumar la parte concerniente a la administración central. Lo único que de ella sé es que el Estado ha de destinar el 31% para el pago de los intereses de la deuda. Como ha de seguir creciendo para rescatar a los tramposos responsables del, hasta ayer, «el mejor sistema financiero del mundo», la deuda dichosa no tardará en ahogarnos, a no ser que la mayoría de los funcionarios, reconocidos como verdaderos «culpables» de esta gran recesión hispana, dejen de cobrar lo indispensable para retornar al proletariado, o acaso apenas sin cobrar retrocediendo a la esclavitud.

Se me pone la piel de gallina saber que la Diputación Provincial de León ha entregado a la Cultural y Deportiva Leonesa 191.000 euros en virtud de «convenios de colaboración». ¿Cuál es la contraprestación de este club privado capitalino militante en la categoría más ínfima de la competición —y por ello mal denominado de «élite»— en esa «colaboración»? Y ya como alfileres se me ponen los pelos el saber que la Cultural ha gozado de moratoria por la «Agencia de Succión Monetaria», que no suele dispensar el mismo trato de favor al ciudadano común con sus cuentas al día y sin ellas con la justicia. Las Diputaciones se justifican por la mejora social, económica y cultural que prestan a las provincias. Es de suponer que, para evitar agravio comparativo, la institución provincial tendrá la misma consideración económica con los otros clubes de la provincia que militan en la misma categoría, pues de la provincia alimenta sus arcas.

Se me pone la piel de gallina ante altísimas retribuciones particulares, desproporcionadas con relación a su productividad social, pretendiendo pasarlas de incógnito para evitar el escándalo, o buscando el amparo en la ley de protección de datos por vergonzosa demasía. Y, paradójicamente, se condene al destierro a millares de jóvenes mejor preparados; y a los pensionistas a vaciar parte de sus exiguos bolsillos para pagar medicamentos, mientras se congelan sus pensiones, se les sube el IRPF y, en bastantes casos, tengan que pechar con el desahucio de sus hijos y el alimento de sus nietos. ¿No dijo Voltaire aquello que el arte de gobernar consiste en quitar el dinero a unos ciudadanos para dárselo a otros? Mientras tanto, el paro laboral va alcanzando ya un insoportable nivel de desamparo.

En los tiempos difíciles de la posguerra, al poeta Blas de Otero ya sólo le quedaba la palabra. Ante el panorama actual, a nosotros únicamente nos queda la televisión para distraernos y la playa y el fútbol para consolarnos. Recortes y deportes. Al fin y al cabo el balompié es el único ejercicio que convierte «meter la pata» en virtud. Si Carlos Marx levantara la cabeza no diría ya que la religión es el opio del pueblo, sino la bola que besa la red.

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Y, por último, ya no es sólo que se nos ponga la piel de gallina por privilegios, evasiones fiscales, tijeretazos, embustes contables, nepotismo, corporativismo o amnistía a defraudadores en el vudú mágico que convierte lo negro en blanco, sino que lleguemos a ser cualquier día carne de cañón, si ese es el capricho de quienes nos desgobiernan en esta despótica plutocracia canallesca disfrazada de democracia. Las decisiones las seguirán tomando unos pocos —incluso uno que suele advenir como salvador en situaciones límite— a contrapelo de la inmensa mayoría que las sufre. ¿Qué hacer? Sólo sé por donde hay que empezar: la destrucción del «miedo» ambiente. ¿Y después? Sacudidos ya del pánico, habrá que decidirlo entre todos.