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JESÚS Á. COUREL
León

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Mis abuelos, Jesús y Gerardo, emigraron a América en las primeras décadas del siglo XX. Uno era de San Lorenzo, cerca de Ponferrada, y el otro de Yeres, en Cabrera. La ruina que asolaba El Bierzo en aquellos años, provenía de la crisis general del país y de diversas plagas en los viñedos, lo que obligó a miles de personas a embarcarse hacia el continente americano. En la larga travesía, a nadie se le ocurrió cantar: «Adiós mi España querida, dentro de mi alma te llevo metía». Eso lo escribiría, muchos años después, Juanito Valderrama en Ponferrada.

En la comarca del Bierzo, según los últimos datos estadísticos, se alcanzan los 15.000 desempleados. Una zona rica que invirtió todos sus ahorros en el sector minero, energético y de servicios, pasa ahora dolorosos apuros con el cierre de esas empresas, mientras sus recursos naturales se cubren con las telarañas del desamparo, aunque el cantaor jaenés escribiera, en los camerinos del teatro Edesa: «aunque soy un emigrante, jamás en la vida yo podré olvidarte».

Cuenta Juanito Valderrama, en sus memorias, que un día interpretó ante Franco la canción del emigrante y que éste quedó impresionado, por lo que pidió al artista que la cantara de nuevo. Al concluir, el dictador afirmó que era una canción «muy patriótica». No es de extrañar que la emigración terminase siendo, en nuestro país, bien de interés cultural. En el 2011, según datos del Instituto Nacional de Estadística, casi 500 personas residentes en la comarca berciana emigraron a Brasil, México y otros estados de América Latina. Además de obreros especializados, también se fueron técnicos con buena formación científica, como la ponferradina Miriam Marqués —doctora en Química, Física y Cuántica— con premios extraordinarios de investigación a nivel europeo. Este nuevo éxodo nos dejará huérfanos de talento y de ese afecto que la tierra inspira, por eso Valderrama incluyó en la letra de la canción: «cuando salí de mi tierra, volví la cara llorando, porque lo que más quería, atrás me lo iba dejando». Amigos si, pero la vaca por lo que vale.

Cuando mis abuelos retornaron, Jesús ejerció de carpintero y Gerardo abrió una sastrería a la que puso el nombre de «La cubana». En esa década, las gentes del campo trabajaron denodadamente para dar estudio a sus hijos, o en su defecto un oficio, y obtener una vida mejor lejos del mundo rural. Ahora, la crisis devuelve tímidamente al campo lo que le hurtó hace medio siglo. Pero aparte del retorno, se necesitan proyectos, cooperación y asociaciones para no caer en aquel minifundio que provocó el éxodo de nuestros abuelos… Había que hacer algo.

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