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MIGUEL Á. VARELA
León

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Aún con los sobresaltos de las (malas) noticias económicas, las serpientes de verano, como variante veraniega del periodismo, vuelven puntuales a su cita de agosto: esas ballenas varadas en una remota playa australiana, esos lobos que rondan amenazantes a un excursionista por los montes de Vivero, ese oso goloso que se da un banquete en un colmenar cercano a las viviendas de Santa Cruz del Sil…

En un breve de la prensa gallega encuentro lo que podría parecer una joya de este subgénero. Un diputado de un partido izquierdista polaco ha tramitado una petición formal reclamando al Reino de España el pago de una deuda de 235 millones de zlotych, que vienen a ser al cambio algo más de 57 millones de euros.

Ese importe cubriría el préstamo que Felipe II solicitó y obtuvo de la reina Bona Sforza, una refinada noble italiana elevada al trono polaco al enviudar del rey Segismundo I, llamado El Viejo, supongo que por su afición a las tiernas princesas mediterráneas. El monarca español necesitaba al parecer liquidez para cubrir los gastos de la guerra con Francia por la disputa sobre el Reino de Nápoles.

El préstamo nunca fue devuelto por completo aunque, por lo que parece, Polonia lo intentó con insistencia y en el siglo XVIII llegó a recuperar un pequeño porcentaje del principal. Hay quien sostiene que Felipe II, para evitar el pago de la deuda, habría llegado a envenenar a Bona Sforza, pero eso seguro que son infundios ya que por todos es sabido que los estados y los monarcas no hacen esas cosas tan feas.

La curiosa noticia me hizo recordar otra, de hace un par de años: en octubre de 2010, Alemania abonó los 70 millones de euros correspondientes al último plazo de la deuda correspondiente a las compensaciones que este país debía pagar a los aliados victoriosos tras la I Guerra Mundial, en particular a Francia y Bélgica, según las condiciones fijadas en el Tratado de Versalles.

De estas historias extraemos algunas ejemplares conclusiones. La primera es que la costumbre de endeudarse hasta las cejas y tener luego serias dificultades para devolver la pasta viene de lejos. La segunda es que de los acreedores es muy difícil zafarse. Aunque los expertos aseguran que la iniciativa del diputado polaco tiene escasas posibilidades de prosperar, lo cierto es que ni siquiera con la distancia de siglos es posible evitar que aparezca un cobrador del frac con una remota minuta de una juerga bélica del tatarabuelo que, en el caso alemán, se pagó a tocateja.

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No sé si el Tenorio de Tirso de Molina, tan golfo pero a la vez tan temeroso de la ira divina, conocía el caso de la morosidad de su monarca con Polonia pero resumió el asunto con claridad extrema: «no hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague».