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MANUEL ALCÁNTARA
León

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Apesar de los ruidos de agosto oímos la aflicción de la madre patria. No solo de ella, sino de los que compraron «bonos patrióticos».

Cientos de miles de españoles invirtieron el poco dinero que tenían en comprar deuda autonómica y ahora lo difícil es que alguien se la compre.

Quienes la han contado aseguran que hay más de 200.000 familias que invirtieron temerariamente sus ahorros en esas emisiones y ahora utilizan sus pañuelos para una doble función: secarse las lágrimas y despedirse de su dinero. Les queda un resquicio de esperanza, porque la terca virtud teologal nunca cierra con pestillo sus puertas.

El llamado Estado central tiene la obligación de garantizar las devoluciones tras el vencimiento, pero eso no se puede exigir en tiempos de derrota financiera.

Lo que más urge ahora es que aparezca un mártir solvente, o sea, alguien lo más parecido a Sánchez Gordillo si este, además de dar ejemplo, diera la vida.

De momento, el combativo líder agrario ha dado su cargo de aforado para el que quiera recogerlo. No es fácil por morir por una causa noble si no se encuentra un verdugo apropiado.

Al alcalde de Marinaleda le ponen obstáculos para renunciar y perder la inmunidad parlamentaria. Asegura que «sería un honor ir a la cárcel» como organizador del asalto a los supermercados, pero no quieren depararle ese placer. Prefieren que siga metiendo la pata a llevárselo con los pies por delante.

El Gobierno central no duda en el tratamiento que debe seguir con respecto al díscolo diputado andaluz: prefiere que le sigan viendo como un cateto insumiso a que la gente vea en él un alevín de Espartaco.

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Contra las vocaciones fuertes hay poco que hacer. El que oposita a mártir, que etimológicamente significa ‘testigo’, acaba saliéndose con la suya. El que la sigue se mata. O lo matan. Su frustración mayor es que no encontrar a nadie dispuesto a hacerle el menor daño.