León

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En las inmediaciones del Ayuntamiento, mientras ardía el edificio, pude escuchar variopintos comentarios, casi todos de inquietud, pero también algunos provenientes de zonas siniestras de la mezquindad humana. Presencié cómo una mujer le recriminaba a un desconocido haber comentado: «lástima que no estuviese repleto de políticos y de funcionarios». Ante tal llamarada, actuó con la indignación de una heroína griega. También me gustó el comportamiento del concejal leonesista Javier Chamorro, quien, sin buscar protagonismo alguno, ni siquiera el que legítimamente le correspondía, se puso a disposición del alcalde y además lo felicitó por su actuación, proceder compatible con expresar en su momento las discrepancias que considere oportunas. Somos nuestra conducta, y, muy especialmente, nuestra conducta en las situaciones difíciles.

«¿Y quién es el Timoteo ese que nos dio el fuego a los hombres?», me ha preguntado un lector, sobre mi anterior columna. «¿Era de León?». Pues no. En la noche de los tiempos, el titán Prometeo sustrajo del Olimpo el fuego, para entregárnoslo. Al enterarse Zeus, lo castigó a permanecer toda la eternidad encadenado a una roca, sobre la que un gran buitre le comería el hígado (comparado con eso la destrucción en un santiamén de Sodoma y Gomorra se queda en rapapolvos). Aún quedaba la letra pequeña: la víscera se le regeneraría sola, y volvería a comenzar el suplicio. Por cierto, hay a quienes se las trae al fresco el padecimiento del pobre Prometeo, pero protesta por la monótona dieta del pajarraco.

El edificio del consistorio no es el ave Fénix, que cada 500 años entra en combustión y renace de sus propias cenizas, como el hígado de Prometeo. El pasado viernes no ardió la democracia, solo su envoltorio, aunque no sea poco arder. El fuego siempre ha tenido mala fama, ya desde muy atrás, incluso desde antes de que Sartre escribiese que «el infierno son los otros». Seamos justos, no demonicemos. Con una chispa se incendia un prado, pero también surge un amor inmortal. ¿Acaso el cosmos no irrumpió de un cortocircuito celestial? Y aquí estamos, confusos y preocupados, pero de pie. Aún podemos proclamar que unidos somos mucho más que espejismos de humo.

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