CRÓNICAS BERCIANAS
Una postal
E el bar del barrio es una sosegada postal viviente del crack. Poco antes de que todo se precipitara era imposible reunir tres timbas en día de diario, que diría alguno de los parroquianos. Hoy hay que tirar de los veladores de la terraza para cubrir la demanda de jugadores. La banda de prejubilados se ha quedado en minoría frente al auge de la grey de los parados, de la misma manera que en su momento perdió la hegemonía la tribu de los pensionistas. El gremio de ociosos ha crecido tanto que todo haría presagiar que al menos al tabernero le irá bien. Pero nada indica que sea así. Las copas de Soberano, los chupitos de JB y los cubatas han dejado paso en las mesas, como una metáfora de los ajustes, al cortado, al botellín de agua y en el mejor de los casos al de cerveza. Rondas, las justas.
Tampoco se otea ya ni una mano de julepe con las talegadas de euros calientes. Unas cuantas pochas y otras tantas subastas, con revancha y a la buena de tres en caso de empate, matan la sobremesa sin prisas porque la mayoría no tiene otra cosa que rascar toda la tarde. La clientela apenas levanta la cabeza del tapete cuando balbucea Rajoy en la pantalla del televisor. No hace tanto, cada vez que el inepto de Zapatero asomaba la jeta por la caja catódica se liaba parda entre sus crecientes detractores y sus atribulados partidarios. En el bar del barrio habita la desesperanza. Es lo que despierta el presidente de las Barbastristres.
En la terraza solo se aviagran las altas pasiones con el trasiego de la hija del Mingafría , que ha retornado a casa de papá tras separarse de lo que se pensó que había sido un gran braguetazo; más jamona pero casi igual de rica y con un Mini Morris bajo el brazo como único legado de la ruptura. Aunque al Colilla, un picapleitos retirado, le importa todo un bledo. Ronca como un cerdo ajeno al San Martino con los brazos apoyados educadamente sobre su portentosa panza. Su coronilla alopécica mira como se apila cada vez más roña sobre una gran palmera verde que adorna el neón que les hace guiños a los clientes del Isla Bonita , el nombre con el que los penúltimos arrendatarios del garito decidieron bautizar lo que pensaron que sería su billete dorado de vuelta a la otra orilla del Atlántico. Hace ya tiempo que zarparon, pero con los bolsillos rotos. Como los de acá, que vacían las fábricas y llenan los cafés sin un euro. A veces la postal de la tasca inspiraría a Hooper .