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ERNESTO ESCAPA
León

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Hace medio siglo, la tarde del 27 de agosto, el poeta cayó fulminado por un infarto en su finca de Castrillo de las Piedras. Se había retirado para la siesta y a coger aire, después de una cuchipanda, y como tantas veces no llegó con buenos andares. Años más tarde, en el cine, uno de sus hijos hizo risas con el recuerdo familiar de aquellos tumbos mortuorios. Habían premiado los versos comarcales de Gamoneda y una novela astorgana de Lorenzo López Sancho, su compañero de presidio en San Marcos. A la caída de la tarde, aguardaba el protocolo de la rima y el postín ceremonial de los galardones con el poeta declamando su Canto a la Sequeda . Pero ya no hubo ocasión. El poeta había muerto vencido por los excesos, pero no acribillado por los besos de sus hijos ni absuelto por los ojos más dulcemente azules, como anheló para su propio epitafio.

En cuestión de malentendidos, el caso de Panero resulta proverbial: estudiante en Francia e Inglaterra, amigo de Vallejo y Neruda, fue detenido como republicano. Salvó el pellejo por el parentesco de su madre con Carmen Polo, para terminar la guerra con los ganadores, como Celaya, Blas de Otero o Crémer. Luego sobrevivió, entre prebendas y renuncios, hasta 1962, obligado a toda suerte de demasías. Fue censor benevolente, propagandista del Régimen recibido a tomatazos por América, promotor de las Bienales de Arte que dieron carta de naturaleza a la vanguardia y replicante de Neruda. Aquel arrebato extemporáneo con Neruda lo dejó solo y lo condujo al naufragio amargo en el alcohol. Pagó el diezmo tardío del miedo.

Sus dos únicos libros poéticos publicados como tales recibieron los premios nacionales José Antonio y 18 de julio. José María Valverde, que tuvo ocasión de mudar su camisa juvenil, expresaba en 1968, refiriéndose a Panero, la paradoja de aquel hombre que en los años cuarenta era el rojo por antonomasia y acabó convertido en el poeta del Franquismo. Es verdad que murió sin tiempo para redimirse y le correspondieron los albaceas más inclementes. En 1976, Jaime Chávarri (hijo de Marichu de la Mora, la amante de Ridruejo) reúne a la viuda e hijos en El desencanto , que rescata entre chuflas de zascandil el nombre del poeta. En 1994, Ricardo Franco, primo de Javier Marías, retomará a los supervivientes en Después de tantos años , mientras Vila-Matas los aloja en su novela Lejos de Veracruz . Hay más pelis y una novela imprescindible sobre los Panero: Jardín perdido , de Andrés Oria. Lo más grave de tan ruidosa travesía fue la ocultación de su obra. Una poesía esencial que permanece como la mejor de aquella generación, sucesivamente jaleada y proscrita. Ahora ya puede leerse sin aditivos, en la estupenda antología En lo oscuro , preparada por Javier Huerta.

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