León

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Con la crisis, el precio de la tristeza se ha puesto por las nubes. Sale más barata la langosta. «Estar tristes es un lujo que solo se permiten algunos deportistas caprichosos y multimillonarios», ha dicho con agudeza el presidente de la Junta de Castilla y León, tras reconocer que las cifras del paro son «durísimas y brutales». Y quienes menos se lo pueden permitir son, precisamente, aquellos que más motivos tendrían para estarlo. Algunos ya no pueden degustarla ni siquiera gratis. En términos gastronómicos, la tristeza es el caviar de los sentimientos. Herrera empleó la palabra en su acepción de desánimo, ante esta crisis socavón en la que nos hemos caído o nos han tirado. Pero sí, estarlo —aunque sea un sentimiento comprensible, incluso una señal de decencia espiritual— conlleva más gastos vitales que ingresos. En estos días de niebla y fuego, hay quien lleva dentro —a su pesar— tres tristes tigres, y uno solo ya es demasiado.

Las declaraciones aludían a otras de Cristiano Ronaldo. «Estoy triste, y por eso no celebro los goles, y el club sabe el porqué», dijo. Al parecer, el jugador que tiene mucho más que mucho dinero desea tener requetemuchísimo. No le compadezcamos, para sentirse de nuevo feliz le basta con mirarse al espejo y guiñarse un ojo. ¿Triste? Pico, pala y a una mina berciana, a entonar un blues de verdad. El Real Madrid le paga por marcar goles, no por hacer la ola tras meterlos.

Pero el presidente Herrera iba con sus palabras mucho más allá del puyazo a un futbolista infeliz de ser tan perfecto. La tristeza es una exquisitez viscontiana. El necesitado, aprieta los puños, respira hondo y se traga sus lágrimas, luego, le pone coderas a su deshilachada alegría. ¿Tristeza? Manjar de ricachones. A muchos españoles ya se les ha olvidado a qué sabe, puesto que no se la pueden permitir, ni dentro ni fuera de casa, ni siquiera en bocadillo. ¿Es carne o es pescado? ¿Primer plato o segundo? ¿Se sirve en frío o caliente? En cambio, Ronaldo puede disfrutar todos los días de la suya. Hoy, por ejemplo, habrá contemplado a su novia, pongamos que saliendo de la piscina, y habrá suspirado, como quien entona un fado: «Ay, Irina… no somos nadie». Y en portugués, claro.

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