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MIGUEL PAZ CABANAS
León

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Un cuarto del stock de viviendas nuevas sin vender en Castilla y León se ubica en nuestra baqueteada provincia. Diez mil pisos o casas que hacen pensar en otras cifras rotundas y patibularias, como la de los Cien Mil Hijos de San Luis, o los 25 millones de dólares que ofrecían en su día por la captura de Bin Laden.

Puestas unas encimas de otras quizá nos harían evocar una torre borgiana, una construcción abriéndose paso entre las nubes con un vértigo desolador: una especie de 13 rue del Percebe infinita, con paredes mal empapeladas, pero sin la presencia descacharrante del miope Rompetechos.

Para miopía, desde luego, la de los promotores que no cesaron de edificar viviendas, y las de los consejos de administración que, desde las cajas, aprobaron préstamos a troche y moche. Claro que a lo mejor no fue exactamente miopía, sino codicia, o pago de favores, o vaya a saber usted qué. Hay que admitir, no obstante, que la gente tampoco puso objeciones a tanta oferta, y entre los especuladores y los que soñaban con el pisito de toda la vida, aquí no quedó nadie que no estuviera entrampado en una hipoteca. El problema es que alguno también quería una berlina y que el pisito fuese en realidad un chalé, y entre una cosa y otra, añadidos los muebles y los viajes a Santo Domingo, la deuda se fue haciendo fabulosa. Quienes, como nos enseñaron nuestros padres, esperábamos a tener lo suficiente ahorrado antes de embarrarnos en fianzas millonarias, pasábamos, básicamente, por ser unos idiotas (los mismos que ahora pagan buena parte de este fregado).

Lo que no se sabe, y cuento como anécdota referida por un arquitecto leonés que trabajó para comunidades de propietarios y visitó cientos de pisos nuevos en los años del boom, es que aquellas viviendas se caracterizaban por su diseño de colmenas y por tener algo en común: en la inmensa mayoría de ellas podías ver los salones decorados con teles de plasma y portátiles de última generación, pero en sus estantes, sobre las baldas de madera maciza, no encontrabas ni un puto libro. Si acaso alguno de autoayuda, o de la Ana Rosa Quintana. Va a ser que esto último, lo de la ausencia de libros en las casas, viene a ser un resumen de lo que nos ha pasado en este país.

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