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Máximo Soto Calvo. Asociación pro identidad leonesa
León

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Cuando la moderna sotadera, zalamera y engañosa, engatusadora de las doncellas leonesas, se debía estar preparando para llevarlas, en virtud de un recuerdo casi de fábula, hasta el claustro de la Catedral, marcada por el protocolo tradicional que hoy titulamos Las Cantaderas, llegaba yo a la plaza de San Marcos. Era domingo, el último de septiembre, y los festejos por San Froilán estaban en marcha.

En la explanada ante San Marcos, una plaza con chorritos de agua para las ocasiones, lucía ese día un sol radiante y limpio, aunque un punto otoñal por cuanto aún se podía percibir una ligera brisa, muy leonesa, fruto de las «mínimas» nocturnas iniciadas ya en los atardeceres de nuestro agosto, el de frío al rostro, que sólo el veranillo de San Miguel sabe suavizar, a veces.

Los animosos pendonistas estaban ya con las varas horizontales sobre el suelo; hubieron de madrugar para su traslado, pero a eso ya están acostumbrados. Se afanaban los más en afianzar a ellas los paños, brillantes y coloristas, y su guía: el imprescindible gordón, una vez enarbolado el pendón. No era difícil identificar a los que habrían de portarlos, sus soportes de cuero o cinchas a la cintura, los delataban. Se podría decir que esperaban inquietos el momento inicial del desfile, a buen seguro que con ilusión renovada, prestos a mostrar sobre la marcha la hábil compenetración entre pendonista y gordonista remador, sin minusvalorar la mano oportuna, en cualquier avatar, de la vigilante cuadrilla.

He dicho ilusión por cuanto las grandes enseñas leonesas, tan plurales y abiertas como los concejos, cuyos damascos han sabido, muchos de ellos, conservar bajo control popular, gustan de lucirlos en un ambiente de emoción y orgullo, en el que el esfuerzo añadido de la maestría de portarlos, parece ser lo de menos, y no es así. Tiempos atrás, otros, en las «arcas» de los recuerdos, o como fondos eclesiales, no aireados, empalidecían bajo el deterioro del tiempo. Felizmente se están recuperando a buen paso, y nunca mejor dicho.

Recordé que el año anterior la concentración por este mismo motivo festivo había tenido lugar en la explanada adyacente, allá donde el edificio de la Junta nos muestra su asalmonada cara acristalada y la «alba ceranda», o sea la fachada del Auditorio, muestra sus pindios vierteaguas acumulando todo el polvo que generamos los leoneses, y luce al nivel de la acera el letrero: Auditorio Ciudad de León.

La Junta autonómica con minimalista batuta, cuando se trata de cosas leonesas, «dirigió la orquesta» para edificar el Auditorio. Nuestro alcalde de turno en la ocasión, y los ediles bajo su control, fueron sucesivamente tragando los distintos sapos que les encomendaban los autonomistas de ente, respecto a éste y al Museo de Arte Contemporáneo que en su primera versión nos escamotearon. Así las cosas, unos y otros por aquel entonces, sin pudor se empeñaron en ningunear a Odón Alonso, nuestro más distinguido director, cuya preparación musical y prestigio soslayaban, a tal punto, que ni le invitaron a estrenarlo, y le habían hecho promesas tardías en ese sentido; ni mucho menos tuvieron el coraje de poner su nombre al edificio. A los jefes autonómicos nos les interesaba destacar a ningún leonés.

Odón Alonso, padre, supo componer para unos versos muy sugestivos de Pinto Maestro la música que pusiera en valor el sentir de un pueblo descrito en las emotivas líneas, al que llamamos himno a León. Cuando Odón Alonso, hijo, dirigía la Orquesta y Coros de RTVE, hizo una muy buena versión para ser interpretada por el gran conjunto de instrumentos y voces que dirigía; de tanta belleza interpretativa como de dificultad, opino modestamente, para en algunos pasajes ser secundada por el pueblo llano. No fue profeta en su tierra, pero en Soria le acogieron con los brazos abiertos, y para ellos diseñó un encuentro musical que titularon Otoño musical soriano. El cariño y la comprensión fue mutua, y a tanto llegó que el director quiso que a su fallecimiento su cuerpo reposara en esa tierra; como así ha sido para desdoro del pueblo de León, o más bien el de nuestros dirigentes. Allí sí pusieron el nombre de Odón Alonso al Auditorio principal.

La concentración de los pendones de toda la provincia se había programado que tuviera lugar en la explanada de San Marcos. Mas, no estaban todos allí, pues si bien había un buen número de ellos en la propia plaza, otros, y no pocos, ya estaban a las once de la mañana enhiestos por la Gran Vía de San Marcos adelante, hacia la Inmaculada. Los motivos me eran desconocidos.

Desde mi percepción leonesista del acto, lo cuestionable estaba en que la concentración prevista, no era un acto banal, o no debería haberlo sido, pues significaba la puesta en común provincial de una tradición: la pendonera, con la carga de valores que ésta conlleva. Donde la gran enseña multicolor leonesa, plural y no repetida, la de cada pueblo leonés, debe significar  unión y representatividad; aportando  cada grupo local, cada ¡concejo!, su particular emotividad, pero todos en conjunto la de una provincia demasiado ninguneada autonómicamente. Y más este año, amenazada en una de sus señas de identidad: el sistema concejil, las pedanías, por el Gobierno de la nación en busca de que el patrimonio de los concejos revierta en los arruinados ayuntamientos correspondientes.

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Los pendones se deberían  haber izado a las 11,15, ¡todos!, y en la plaza, en tanto el grupo musical correspondiente interpretaba el himno a León, para que éste fuera cantado por el pueblo, o cuando menos escuchado con respeto. El himno sonó instrumentado por dulzainas y tamborín, pero dado el despiste organizativo puntual, para ser suave; o el doloroso abandono de lo propio, para ser más exactos, dieron pie a que los no demasiado leoneses ubicados en la propia plaza, casi les pasara desapercibido. Pronto comprendí el porqué: Teníamos unos invitados que nos estaban «robando» ese momento de fuerte carga de leonesidad, veinte alcoyanos vistosamente ataviados de Moros y Cristianos arrancaban con su propia música y andares decididamente sosegados, pero imparables, desde la propia puerta del Hostal teniendo como fondo la plateresca fachada de San Marcos, en tanto el corto número de pendones en la plaza, marcándoles las orillas de su camino, elevaban a lo más alto el color y la belleza del momento. Bien que no se quisiera quitar protagonismo a los invitados, pero no a costa de omitir toda la carga emotiva que debe generar el izado común de los pendones cuando el himno a León empieza a sonar tras el clásico redoble de la caja, o de nuestro tamborín si llega el caso, que nos marcan el inicio para que «el corazón se asome en nuestros labios para gritar: ¡Viva León!»