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javier tomé
León

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La carne real de los hechos es que aquí seguimos, disfrutando de un espectáculo cómico-taurino-musical amenizado por todo tipo de barbarismos económicos. Cuando llueve tanto como en la actualidad, conviene refugiarse bajo el paraguas protector del nacionalismo o regionalismo, dígase como se quiera, bien entendido y mejor ejecutado. Aunque nadie puede robar a León las glorias del pasado, como la puesta en funcionamiento de las primeras Cortes pseudodemocráticas convocadas en la vieja Europa, los siglos no han pasado en vano y la triste realidad actual ha acabado por darnos alcance. El extraordinario potencial de permanencia es uno de los mayores activos del periódico que tienen entre las manos, el Diario de León, celoso guardián que cobija el mejor registro de la memoria colectiva leonesa. Antes y ahora, el papel puesto en negro sobre blanco es el campo donde se libran todas las batallas ideológicas.

Allá en la década de los veinte del pasado siglo, tomó extraordinario auge mediático la recuperación del tesoro de una historia que pervive en lo más recóndito del alma popular. Pioneros como el genial Lamparilla enarbolaron la bandera del amor a la región y a una identidad forjada a lo largo de los tiempos. El argumento central de sus tesis, reveladas con palabras como puños, consistía en reivindicar la necesidad de emprender una campaña de regeneración social y política, con la finalidad de poner en valor la quintaesencia de lo leonés. Ello sin caer en las garras del pesimismo, capaces de finiquitar toda esperanza. La Historia, dicho sea con mayúsculas, ha bendecido esta tierra por la que han pasado los soles de tantos siglos. Dejando de lado de una vez por todas el lastimero coro de lamentaciones, y tanto hoy como ayer, la receta para salvar León consiste en memoria, turismo cultural y democracia real. No queda otra.

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