LA VELETA
Reformar la Constitución
Jamás, en los más de treinta años que llevo asistiendo a los distintos actos conmemorativos de la Constitución, había asistido a una celebración tan confusa. No, desde luego, porque tuviese lugar en el Senado, en vez de en el Congreso, aparentemente sometido a reformas en la techumbre; es que, se lo puedo asegurar, querido lector, la distancia entre los que dicen que hay que reformar la Carta Magna en público —que son muy pocos— y los que reconocen en privado que hay que hacerlo a fondo —que son casi todos—, es tan, tan grande que hay que sentenciar que algo muy grave está pasando: ya no es que los representantes estén en un lado y los representados en otros, no. Lo que sucede es que los propios representantes están en proceso de transformación, de modo que cuando tienen unos micrófonos o un grupo de periodistas delante dicen una cosa y cuando se pronuncian en ambientes más íntimos, otra. Jekyll y Hyde, en los pasillos del Senado, era(n) casi una constante: todos creen que hay que modificar sustancialmente la Constitución de 1978, para que siga perviviendo, y casi ninguno, sin embargo, lo dice en público. ¿Se puede, así, seguir una línea de coherencia política en una nación?
Uno, que es optimista por naturaleza, ha aprendido, sin embargo, a ser cauto, tras un contacto ya de mucho tiempo con la dura realidad política. Con la que está cayendo en el país, uno, ya digo, más bien tendente a la euforia, hubiese creído que los mensajes oficiales iban a caminar en el sentido de que es preciso que se produzcan importantes transformaciones políticas en España para que el ‘statu quo’ básico, es decir, el Sistema, se mantenga. Nada de eso: los discursos oficiales, de los presidentes del Congreso y del Senado, fueron prudentes. Las declaraciones, ante los corrillos de informadores, de trámite; los compromisos de actuación, nulos.
Para mí, esa fue la tónica sustancial. Y mira que hablé con gentes de todos los partidos, y fueron muchos los diputados y hasta los ministros que me dijeron que la Constitución ha de ser sustancialmente renovada; pero todos coincidían en que es precisamente porque esa renovación ha de ser sustancial es más difícil el acuerdo.
Creo que el acto, con tanto uniforme, sotana, traje de gala, tanto terno azul y tantos collares, fue otro día perdido, para iniciar el Gran Cambio que nuestro país precisa: que lo que nuestros representantes reconocen en privado, lo pongan en práctica en público. Porque ellos saben perfectamente qué es lo que hay que modificar ya. ¿Será que estamos todos miopes?