LA GAVETA
Sueños del Sil
En Ponferrada se sueña bastante. Y eso que la ciudad tiene fama de práctica, directa y mercader. Pero también es el lugar donde vivió y se formó el principal novelista romántico español, Enrique Gil y Carrasco, nacido en Villafranca y criado junto al Sil y el Boeza. Algunos sueños ponferradinos se están cumpliendo. Ello, además, sucede en un contexto catastrófico. Con una ruina infame que, año tras año, demora su final. Mientras otros ríen y se enriquecen a costa de casi todos.
Uno de los sueños de Ponferrada era ser bonita. Porque era muy poco afortunada hace cosa de tres décadas. Pues bien, ese anhelo, con algunas limitaciones inevitables, se ha conseguido. Con mucho esfuerzo de todos, particularmente de sus munícipes. Ponferrada es bella, algo insólito, y su parte alta enamora a personas exigentes, de muy distintas procedencias. En muchas partes de España hay gentes que tienen a Ponferrada por un lugar amable, bello y arraigado.
Otro sueño era que el castillo se convirtiera en algo potente y revelador. Ese sueño se ha alcanzado, también con una gran determinación pública, y con el apoyo íntimo de todos los ponferradinos. Hoy la fortaleza —corazón de la ciudad y eje sentimental de sus vecinos— luce como un verdadero castillo encantado.
Donde, además, se cobija la mejor colección de facsímiles templarios. De este modo la capital del Bierzo se singulariza en el contexto continental. Este sueño está muy bien dirigido, y ya decía Borges que la literatura era eso: un sueño dirigido.
Otro deseo era conquistar un gran acontecimiento planetario, y ahí está la confirmación del campeonato mundial de ciclismo, algo que sigue pareciendo un sueño inalcanzable, pero que ya está ahí. Y que supondrá un cambio radical en el nombre de la villa y la comarca por todo el mundo.
Pero también había otro sueño, no menos difícil que los anteriores. El de ver a la Deportiva en Segunda División, codeándose con los mejores equipos, muchos de ellos de grandes ciudades, con ilustres pasados balompédicos.
Y ese sueño, que en mi caso alienta desde el remoto 1962 de mi niñez, resulta que ahora sucede. Es verdad de la buena, y a la vez es un ejemplo. El de unos jugadores modestos, luchadores y sensacionales, seguros de sí mismos y muy bien dirigidos por un entrenador no menos formidable.
Ponferrada, la ciudad de los sueños. Allí viví muchos, allí se me rompieron algunos. Y ahora vivo, como los demás paisanos, en esta alegría, en esta luz en tiempos tan oscuros. Una verdad que nos recuerda que el optimismo es nuestra obligación. Y los bercianos, aunque melancólicos, siempre confiamos en nosotros, en nuestra tierra. En nuestro modo de ser de todo el mundo, que también lo vamos siendo.