FRONTERIZOS
Un Diario de Finados
Se lo leíste a Arcadi Espada en alguno de sus esquizofrénicos diarios en los que escribe sobre el oficio de escribir. Mostraba su interés por los artículos necrológicos, esos que «cuanto más elogiosos, más ruines». En algún momento de lucidez, dice, se le había pasado por la cabeza hacer un periódico solo de muertos, en el que sus reporteros investigarían sobre la existencia de los fallecidos para contarla en un diario que publicaría exclusivamente verdaderas noticias: la vida de los que ya hubieran dejado de vivir.
Pensaste que no sería mala la idea aplicada en esta Comarca Circular, ubicada en el justo centro de la tierra más envejecida de la Península, donde la de cadáveres es la única producción que arroja cifras positivas en las estadísticas del desastre. Un lugar parecido al que reflejaba Lêdo Ivo, el amigo brasileño de Pereira: «Felices los que parten. / No los que llegan a los puertos que se pudren. / Felices los que parten y no regresan nunca».
Un lugar que limita al este con el páramo ventoso de Celama, todo barro y humo. Al oeste nos queda un Comala que habla en gallego con los difuntos. En el norte nos topamos con los poblados fantasmales que ha ido dejando la minería, callejas destartaladas y nublosas. Y al sur… Al sur nos queda la esperanza de los osos que recuperan su territorio escarbando en las tumbas anónimas de los santos.
En ese centro, rodeados de regiones en las que las alarmas demográficas llevan años disparadas, estamos esperando a un Edgar Lee Masters, dispuesto a elaborar el censo a base de epitafios, una variante lírica de la idea de Arcadi. Antes de morirse, arruinado y recluido en el Hotel Chelsea de Nueva York, aquel abogado de Kansas que devino en poeta convirtió en un «best seller» la crónica escrita a partir de los nichos del cementerio de una ciudad imaginaria llamada Spoon River.
En esta tierra nuestra, tan realmente imaginaria como Celama, como Comala o como Spoon River, tendría un gran futuro ese Diario de Finados: «Si nosotros, vivos, no podemos hablar de profundas experiencias, / ¿por qué asombrarse de que los muertos / no nos hablen de la muerte? / Su silencio será interpretado / cuando nos acerquemos a ellos».
Y en ese diario que pondría a hablar a los muertos habría que reservar unas páginas para las informaciones que aún mantienen un pequeño aliento de vida. En ellas aparecería un reportaje sobre la pareja de osos que recorre los valles del sur de Ciudad del Puente, el lugar más rico del mundo si la belleza natural fuese considerada moneda. Aquí, diría ese diario, hay pueblos desahuciados antes de tiempo donde ahora nacen niños que comen pasteles en la cantina. Y han vuelto los osos como señal de que aún no está todo perdido.