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JESÚS Á. COUREL
León

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Para el poder la historia es asunto de hermosas falsificaciones, en particular para pleitos y documentos, mientras para la gran mayoría de ciudadanos sus hazañas se limitan a humildes mentiras y enredos, con relación a los entresijos de la supervivencia. El historiador que se precie alcanzará los arrabales de la verdad con el estudio de las inclinaciones humanas, seducidas desde tiempo inmemorial por el engaño. Nada es verdad, ni es mentira todo depende del color con que se mire, diría Shakespeare. El catecismo de la historia moderna son los datos estadísticos, propios de enero como la matanza para la mesa. Pitágoras decía que en los números y en sus relaciones armoniosas, se hallaban los principios certeros del conocimiento, que bien podría acercarse a la filosofía popular que se esconde tras el refrán: «Camino que se sabe, bien se anda».

Pues vayan hoy de números, falsificaciones y caminos, que el de Santiago cumplirá, en el 2013, veinte años de su declaración como Patrimonio de la Humanidad, un título más a añadir a su largo currículum como Bien de Interés Cultural (1962), Itinerario Cultural Europeo (1987), etc. Sea el apóstol Santiago el Mayor el sepultado en el lugar donde se levantó la primitiva iglesia (que luego fue catedral), o el hereje Prisciliano (decapitado por oponerse a la jerarquía eclesiástica, a la que invitaba a la absurda tarea de estar cerca de los pobres), lo cierto es que muchos somos herederos de sus historias peregrinas desde hace más de 1.200 años, pues se cita el año 813 como la fecha en que el obispo de Iria Flavia, Teodomiro, descubre la tumba del apóstol (o del hereje con la cabeza bajo el brazo), en un lugar llamado Compostela.

Al Camino le debemos todo, origen y sabiduría, aunque ahora persigamos otras quimeras de dudosa rentabilidad, económica, turística y cultural. Muchas villas y ciudades, herederas de aquella hermosa falsificación medieval, apenas prestan atención al diálogo permanente que ofrece el Camino, mientras las estadísticas nos devuelven a la cruda realidad, con el aumento de peregrinos extranjeros frente a los españoles, destacando el grupo de centroeuropeos como los más numerosos. Además de franceses, italianos u holandeses, buscan las indulgencias japoneses y surcoreanos. Y en las estadísticas pronto estarán los chinos. Esas cifras nos cuentan los que pasan, pero nada nos dicen de ellos; porque falta lo esencial, lo que siempre dio valor al camino: el intercambio. La comunicación es el mejor antídoto para eludir las falsificaciones, por eso a los que más las urden no les interesa nada invertir en fomentarla… Había que hacer algo.

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