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MIGUEL Á. VARELA
León

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Esta es la historia de un ciudadano norteamericano llamado Vince. Participando como soldado durante la ocupación militar del ejército de los Estados Unidos en Corea, se hizo tatuar en el pecho su nombre en el exótico alfabeto del idioma coreano. De regreso a su Idaho natal, Vince escondió durante décadas, bajo su camisa de leñador, el tatuaje que lucía en verano en las playas californianas.

La historia la destaca Ignacio Vidal-Folch en su reciente dietario Lo que cuenta es la ilusión y acabaría aquí sin más interés que el de corroborar que las excentricidades estéticas de los yanquis viene de lejos.

Pero Vince, ya jubilado, volvió a Corea como turista. El masajista del hotel, al verle el tatuaje en el pecho preguntó sorprendido: «pero ¿por qué se mandó tatuar «Beba Coca Cola»? Indignado por el engaño, Vince contó su historia a la prensa. Vidal-Folch no oculta su simpatía con el tatuador que, pudiendo haber sido más cruel en su broma, se limitó a convertir el torso del soldado en un anuncio que exhibió gratis durante años.

Me hizo gracia la historia de Vince, pero pronto empezó a inquietarme, como si en el fondo del suceso hubiera un trasfondo metafórico que no acabara de entender. Confieso haber pasado un buen rato revisándome concienzudamente la superficie corporal frente al espejo. Nunca me han gustado los tatuajes y desde las calcomanías de la infancia no he usado la piel como lienzo salvo para apuntar ese número telefónico que se siempre se borra antes de utilizarse.

Más tarde tuve un sueño raro. La gente lucía en él sin pudor tatuajes en alfabetos extraños, que se descifraban con fruición unos a otros. Este decía que el suyo ponía en gurmukhi «lo peor de la crisis ya ha pasado». Otro se había escrito en el codo con caracteres tamiles algo así como «no todos los políticos son iguales». Y había uno que en la yema del dedo, en pequeños signos armenios, lucía esta extraña advertencia: «nadie te invita a viajar a Nueva York a cambio de nada».

Se me acercó un amigo en el sueño y me confesó que él llevaba una frase grabada en georgiano en cierta parte de su cuerpo, habitualmente oculta y bastante voluble. Decía algo así como que el Bierzo tiene un gran futuro por detrás. Se la había hecho una tal Amy Martin, que en sus ratos libres como columnista se sacaba unos extras de tatuadora.

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Mi amigo se disponía a enseñarme el resultado, pero me advirtió que para leer la frase entera, la zona corporal en el que se había dibujado necesitaba ciertas condiciones de prestancia. Entonces desperté, sudoroso y confuso. Y ando ahora preocupado porque no soy capaz de traducir los mensajes que me llegan pero sospecho que todos esconden una broma parecida a la que Vince llevó en el pecho durante décadas.