AL TRASLUZ
Miau
El Museo Bíblico y Oriental mostrará en su próxima exposición momias de animales sagrados. No, no veremos embalsamado al estado del bienestar ni al poderoso caballero don Dinero, se ceñirán al Antiguo Egipto. Entre las más vistosas figurarán las de los gatos, animal sagrado para los egipcios. En una de las fotografías publicadas por este periódico vemos a uno que no está azul pero sí triste, como con ganas de maullar jeroglíficos malsonantes. Lógico, le das tus siete vidas al faraón y terminas así. En aquella civilización, era considerado una representación terrenal de la diosa Bastet. Si te cruzabas con uno más te valía hacerle la debida genuflexión. Durante nuestra guerra civil, Pablo Azcárate, embajador español en Londres fue preguntado por un comité de flemáticas damas británicas acerca de si había pensado en evacuar de Madrid a los mininos callejeros, dado el peligro mortal que corrían por los bombardeos y demás truenos. «Demasiado tarde, señoras, ya se los han comido», contestó con desdé este diplomático de origen leonés, sobrino de don Gumersindo. En aquellos años de hambre, la mayoría de ellos terminó de menú del día. En fin, que la exposición promete. No hay que perdérsela.
Ojalá pudiéramos contemplar también embalsamada a esta crisis de proporciones faraónicas que asola nuestra tierra, y al país entero; verla a través de una vitrina, con una cartela sobre su principio y su final. Pero aún queda mucho hasta que podamos percibirla como algo del pasado, igual que la cota de malla del rey Ordoño o la barba del conde Cabrales. A los españoles nos queda mucha travesía del desierto; compartamos, pues, cantimplora. También nosotros pertenecemos a una gran civilización, ahora herida y perdida, pero no derrotada.
Y contemplando al gato momificado que nos mostraba la fotografía, me pregunté si fue para su faraón buen compañero de viaje hacia el Más Allá, si maulló cuando no debía o supo guardar la compostura en el trayecto. Pero también si su amo lo fue para él. Pues, en efecto, el animalín, o lo que una vez lo fue, no estaba azul pero sí parecía triste, como si llevase miles de años repitiéndose a sí mismo, tal estribillo de blues: «Si lo llego a saber sólo vivo seis vidas».