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alfonso garcía
León

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El frío, duro, se reflejaba en los rostros. Otro, más doloroso, en las miradas. Las de estos hombres que, de rodillas o sentados, pedían. Nunca como esa mañana de invierno vi tantos en las calles de León. Parece que el síndrome de Asperger, carencia de sentimientos, se ha instalado entre nosotros, aunque por la tristeza y la angustia de la calle parece reinar la impotencia.

El drama de la pobreza está sacudiendo duramente a esta tierra. A todas, con una amenaza progresiva e indiscriminada. Que no se esconda nadie. Fíjense que cuanto aquí se dice ni es buenismo ni demagogia, con la que suelen replicar los dueños del mejor de los mundos posibles, los dueños del desamparo, los gerifaltes del Reino de los Eufemismos, que colorean el miedo a llamar las cosas por su nombre.

Las cosas llamadas por su nombre hablan de más de 120.000 leoneses que viven por debajo del umbral de la pobreza, que no reciben unos ingresos que les garanticen condiciones de vida mínimamente dignas. Si descendemos a la casuística, en tantísimas ocasiones —con muchos nombres de niños en las listas, cuánto despropósito, ¡ay!—, el panorama es desolador. El clamor está en la calle. Es un problema de dignidad. Y crecen los moralistas que predican paciencias y esperanzas. Los valores éticos se arrastran y se encomienda a la caridad —gracias, de corazón, a cuantos la practican con tanta generosidad— lo que pertenece a la justicia.

Uno tiene derecho a pensar que el problema de la desconfianza del pueblo hacia cierta clase política, de todos los colores y banderas —perdón a los muchos que practican la honestidad—, puede estar llevando a una falta de compromiso con la democracia. Es un riesgo que hay que ponderar, sobre todo si se acepta que los derechos no conquistados, o regalados, son privilegios. ¿Y se han dado cuenta cuántos privilegios, gabelas y prebendas, «tú más», corrupción desvergonzada, sueldos y sobresueldos astronómicos, gastos innecesarios y despilfarro, cinismos sin límite…, sin que pase nada o muy poco?

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Esto es lo que se dice en la calle, que siente desprecio por esta política, no por la política. No se habla, o se habla poco, de juegos malabares o del sexo de los ángeles, que no está el horno… Se habla de la necesidad de una profunda regeneración ética. Profunda. Regeneración. Ética. La calle lo dice, más en circunstancias indignas como ésta. Los otros no saben de la calle, por más que lo pregonen. O caminan en dirección contraria. Posiblemente la situación sea síntoma de un fracaso colectivo. No lo sé. Siento una vergüenza profunda en mi propia condición de ser humano.