RÍO ARRIBA
Sobre los 400
La polémica sobre dar o no cuatrocientos euros a los desempleados que han agotado todas sus prestaciones, refleja los prejuicios y las tensiones de una sociedad en crisis que no sabe muy bien qué paradigma económico debe seguir. Por un lado crea una discusión llena de simplezas y falacias, que parece estigmatizar a los desempleados frente a los emprendedores, cuando no son pocos los que, después de poner en marcha una iniciativa empresarial, se han visto abocados al paro y a la ruina. Igualmente transmite la imagen de personas-parásito, incapaces de vivir fuera de la prestación o la beneficencia (aunque es cierto que hay verdaderos profesionales del subsidio), como si las empresas, en general, nunca hubiesen sido receptoras de fondos públicos. ¿Habrá que recordar aquí los millones que las administraciones autonómicas han transferido a grandes consorcios por ocupar temporalmente polígonos industriales, recibir la subvención y largarse dejando un reguero de despedidos? ¿O a los proveedores que inflaron sus facturas después de haberse hecho con el contrato municipal de turno por vías, en algunos casos, poco claras?
El asunto clave, sin embargo, no consiste en demonizar a desempleados o empresarios (en este país todavía hay mucho progresista de salón que los sigue viendo con el símbolo del dólar pegado en la frente), sino darnos cuenta de que estamos hablando de seres humanos que, voluntariamente o forzados por las circunstancias, han decidido trabajar por cuenta propia o ajena, pero que en ningún caso desean oprimir o vivir a cuenta del prójimo (por desgracia, no es siempre así). La cuestión estriba, a lo mejor, en estimular y facilitar la labor de los emprendedores y a la vez garantizar a cualquier persona, mediante una renta pactada y universal, una existencia mínimamente digna. Hacer confluir el espíritu competitivo con la ética social, entre otras cosas porque no todo el mundo sabrá o podrá sobrevivir en este modelo vertiginoso que nos hemos dado y que parece abocado a multiplicar las desigualdades de modo inaudito. Puede sonar descabellado, pero más surrealista parece que el adalid de la economía neloliberal sea, en nuestros tiempos, la dictadura comunista más grande del planeta.