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JOSÉ A. BALBOA DE PAZ
León

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El último viernes escribía en estas páginas Prisciliano Cordero un artículo sobre el envejecimiento y disminución del clero de la diócesis de León. Entre las reflexiones que su lectura me suscitó, una me llevó a pensar en la relación que ese dato, entendido como metáfora de un mundo moral agonizante, tiene con los escándalos de corrupción que llenan las páginas de los periódicos estos días. La cuestión, muy profunda para abordarla en un artículo, me recordó la vieja sentencia de Napoleón en su disputa con Destutt de Tracy en torno al papel de las ideas, la ideología, como elemento de cohesión social: «Más vale un cura que diez soldados».

Lograr hábitos virtuosos, conductas cívicas honradas no son posibles con diez soldados —en el lenguaje de la época, policías— ni con mil, ni con un Estado policial represivo. La policía no puede vigilar todas las conductas ciudadanas ni todos y cada uno de los actos de los individuos; además ¿quién controla a los policías?. La educación consiste en crear hábitos de vida, pero no todos son iguales, los hay buenos y malos. El relativismo conduce a la desorientación personal. Los buenos hábitos encaminan a la virtud, los malos inclinan al vicio. Los curas —y esto puede entenderse como metáfora de buena educación pero también en su sentido explícito— orientan, modulan y maduran las conductas sin necesidad de una coerción externa, sino por convicción íntima. La falta de valores morales explica la corrupción generalizada.

Los filisteos dirán que la corrupción política, la más visible y socialmente perniciosa, tiene otras causas. Por supuesto, pero las instituciones no delinquen aunque faciliten la corrupción. Si tuviera que escoger una institución como causa principal de la misma, me inclinaría por el actual Sistema de Partidos. Los partidos políticos nacieron en el siglo XVIII como organizaciones privadas; el sistema político no se sustentaba en ellos. Los regímenes constitucionales del XIX tampoco, ni siquiera las Constituciones los incluían como elementos del Estado. Fueron los sistemas parlamentarios quienes los convirtieron en la clave del sistema político; y evidentemente lo son en democracia. No estoy en su contra pero han de tener límites.

Sin embargo, en el siglo XX tales límites han desaparecido o se han oscurecido; los partidos no son ya el elemento que pone en contacto la sociedad con el Estado, sino estructuras endogámicas que lo fagocitan todo, hasta el punto de que, en gran parte, han hecho desaparecer la división de poderes de Montesquieu. Aquí está la otra clave de la corrupción. Ésta no desaparecerá mientras no se pongan límites al Sistema de Partidos, se restaure la división de poderes, haya más democracia interna, más transparencia y menos opacidad; pero sobre todo cuando sus militantes sean ciudadanos educados en valores morales.

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