TRIBUNA
Memoria histórica de nuestro Hostal
Pese a los repetidos intentos por cambiar su denominación —ora Hostal, ora Parador, ora Hotel—, para los leoneses siempre ha sido y será el Hostal. El Hostal de San Marcos. Y para quienes asistimos o informamos de su feliz nacimiento y conocimos el enorme impulso turístico y económico que supuso para la ciudad resulta difícil ocultar el asombro y la tristeza que producen las alarmantes noticias sobre su futuro. La más famosa y atractiva empresa hostelera y turística que a nivel internacional consiguió nunca León, e incluso España en aquel tiempo, ve peligrar su futuro.
Convendrá recordar que fue en 1963, siendo Manuel Fraga Iribarne, ministro de Información y Turismo, y al que León por muchos motivos debe agradecimiento perpetuo, quien se propuso recuperar y restaurar el viejo y abandonado monumento de San Marcos convirtiéndolo en lujoso establecimiento hotelero. Había sido convento, albergue de peregrinos. Prisión durante la guerra civil y últimamente Unidad militar de Remonta, cuyos caballos y sementales tenían sus cuadras bajo preciosos artesonados. Su deterioro, en expresión propia de tales inquilinos, era galopante. Había que salvar de la ruina, según anunciaba el propio ministro, una de las joyas de nuestro patrimonio nacional.
En apenas año y medio más de un millar de operarios entre técnicos, especialistas y obreros realizaron el milagro. Periodistas nacionales y extranjeros junto a representantes de agencias turísticas internacionales fueron invitados a visitar León y a conocer la magnitud del complejo monumental, turístico y hostelero que se anunciaba como el mejor de Europa. La promoción del Hostal se completaba con visitas a los Picos de Europa, a los ríos trucheros o a conocer nuestra Semana Santa. Rara era la semana en la que León no era noticia en algún medio informativo nacional o europeo.
Ya su inauguración oficial, el 23 de julio de 1965, constituyó un acontecimiento nunca vivido en León. El jefe del Estado, Francisco Franco, junto a su esposa, camino ambos de Compostela con motivo del Año Santo, presidieron el acto y reposaron brevemente tras la comida en la suite principal. Junto a ellos acudió a León toda una interminable comitiva de personalidades de la época. Los ministros Carrero Blanco, Alonso Vega, López Bravo, Espinosa, Díaz Hambrona, Silva Muñoz, López Rodó y, sin duda, su más destacado protagonista, Manuel Fraga Iribarne. Con la consiguiente corte de subsecretarios, directores generales, presidentes de organismos oficiales y suma y sigue. Por si fuera poco también asistieron también los embajadores de Estados Unidos, Alemania, Paraguay, Ecuador, Filipinas, Chile, Grecia, Colombia, Guatemala, Honduras, El Salvador, Venezuela, Pakistán, Dinamarca, Sudáfrica y Líbano. Asimismo responsables y promotores turísticos de diversos países, y por supuesto toda una corte de subsecretarios, directores generales junto a autoridades civiles, militares y eclesiásticas leonesas, siendo el obispo Luis Almarcha, el encargado de bendecir las instalaciones. Nunca en provincias se había congregado tan numerosa y variada nómina de personajes nacionales y extranjeros. Mucho menos en la inauguración de un hotel.
Tras la inauguración, y atraídos por la fama que había alcanzado, comenzaron a llegar visitantes y huéspedes famosos, nacionales y extranjeros. La reina Fabiola de Bélgica lo hacía en visita privada camino igualmente de Compostela, lo mismo que el cardenal Ruffini o el entonces nuncio de Su Santidad, monseñor Riberi, que se detuvieron unas horas únicamente para conocer sus instalaciones. El popular cantante Raphael fue uno de los primeros huéspedes de la suntuosa y carísima suite principal. Los entonces Príncipes de España allí se alojaron en su primera visita a nuestra ciudad. Como lo harían, privadamente, jefes de estado y ministros extranjeros, premios Nobel, jeques árabes, artistas famosos que de otra manera nunca se hubieran detenido en León. La promoción y la fama del Hostal y la tutela constante del Ministerio de Información y Turismo pronto convirtieron a León en ciudad de congresos y exposiciones. Y durante años aquí se celebraron, tanto nacionales como internacionales, con centenares de participantes que, junto a sus acompañantes, llenaban durante días no sólo el Hostal sino el resto de hoteles, restaurantes y comercios de la ciudad. Los periodistas leoneses teníamos en el Hostal un inagotable manantial informativo.
Cuarenta años más tarde, José Luis Rodríguez Zapatero, presidente del Gobierno, lo eligió para celebrar un Consejo de Ministros. Sería casualidad, sería el mal fario que se le atribuía, lo cierto es que a partir de entonces pareció iniciarse el declive. O quizás también porque ya el nuevo Gobierno traía bajo el brazo su peculiar memoria histórica en la que no todas las imágenes del pasado parecían merecedoras de atención. Si aquella primera y numerosa presencia ministerial y diplomática inauguró con toda solemnidad la monumental obra leonesa esta segunda visita pareció venir a anunciar su defunción. Porque nombrados los nuevos gestores de la Red de Paradores, políticos afines, bien por desconocimiento o acaso por sugerencia de su memoria histórica, lo cierto es que poco o nada hicieron por modernizar y mantener el Hostal en la vanguardia de la hostelería internacional como correspondía a su categoría de lujo. Cualquier hotel de provincias ofrecía últimamente servicios, promociones y complementos de los que carece el Hostal, cerradas la mitad de sus 270 habitaciones iniciales, sin aquella permanente celebración de congresos, y reuniones oficiales de todo tipo y, sobre todo, sin la obligada promoción publicitaria.
La crítica situación económica a la que han llevado a la otrora boyante Red de Paradores, la hace insostenible para el Estado, y una de las soluciones que se apuntan pudiera ser su privatización. Idea que muchos comparten por entender que las empresas estatales parecen mantenerse sólo para pagar favores políticos. De la misma manera que nadie entendería en los tiempos actuales una red nacional de supermercados del Estado. Aunque mejor no dar pistas que puedan servir para seguir pagando favores políticos.
Mientras unos y otros, según costumbre, se culpan mutuamente, los sindicatos terminan de rematar la faena sin advertir que no todas las empresas son iguales y que cada protesta laboral, por justa y razonable que sea, debe calcular sus formas y sus tiempos. Las consecuencias de convocar una huelga en un hotel de lujo, los días de fin de año y de año nuevo, no podían ser otras que las de terminar de espantar a los pocos clientes fieles y pudientes que le quedaban.